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jueves, 24 de julio de 2014

Diario de Viaje: Valparaíso I

El escondido fuego de Valparaíso



Valparaíso,  Patrimonio de la Humanidad.
Valparaíso, Capital Cultural de Chile.
Valparaíso, Joya del Pacífico.
Valparaíso es un tesoro raro en este mundo. Vale la pena cruzar la cordillera para soprenderse con esta cuidad loca, bohemia, incomprensible. Construida sobre 42 cerros sobre una imponente bahía del Océano Pacífico, esta ciudad  es del mundo y del tiempo.



No me imagino cuánto tiempo se necesita para recorrerla, yo solamente estuve tres días y apenas me alcanzaron para subir y bajar esas callecitas empedradas, sorprenderme con los callejones y escaleras escondidas, quedarme extasiada mirando desde los infinitos miradores, caminar por el puerto, visitar La Sebastiana... 



En Valparaíso estalla el color en cada pared, en cada puerta, en cada mural. El acanalado finito de las chapas que cubren paredes y techos le dan una fisonomía única, la llenan de movimiento. Las casas señoriales de principios del siglo pasado conviven con los almacenes, los barcitos, las casa bajas. En algunas, el tiempo ha trabajado las maderas, los vidrios y los metales pero cada rotura, cada superficie oxidada parece tallada por la mano de un artista.



Las calles tienen nombres europeos, clara evidencia de las distintas colectividades que fueron forjando esta ciudad onírica, extranjera e íntima a la vez: avenida Alemania, Paseo Yugoslavo, avenida Gran Bretaña. Ha sufrido los embates de la naturaleza: incendios, terremotos, maremotos. Este año gran parte de sus barrios periféricos fueron destruídos por un imponente incendio, las noticias corrieron por el mundo como las llamas y muchos turistas preocupados cancelaron sus reservas, la dieron por muerta. Pero Valparaíso sigue viva y bella en su patrimonio, esperando con los brazos abiertos la vista de los viajeros que saben mirar.



Y los dejo con Neruda, él que la eligió como morada le dedicó esta bella Oda elemental:


Oda a Valparaíso, Pablo Neruda

Valparaíso, 
qué disparate 
eres, 
qué loco, 
puerto loco, 
qué cabeza 
con cerros, 
desgreñada, 
no acabas 
de peinarte, 
nunca 
tuviste 
tiempo de vestirte, 
siempre 
te sorprendió 
la vida, 
te despertó la muerte, 
en camisa, 
en largos calzoncillos 
con flecos de colores, 
desnudo 
con un nombre 
tatuado en la barriga, 
y con sombrero, 
te agarró el terremoto, 
corriste 
enloquecido, 
te quebraste las uñas, 
se movieron 
las aguas y las piedras, 
las veredas, 
el mar, 
la noche, 
tú dormías 
en tierra, 
cansado 
de tus navegaciones, 
y la tierra, 
furiosa, 
levantó su oleaje 
más tempestuoso 
que el vendaval marino, 
el polvo 
te cubría 
los ojos,
las llamas 
quemaban tus zapatos, 
las sólidas 
casas de los banqueros 
trepidaban 
como heridas ballenas, 
mientras arriba 
las casas de los pobres 
saltaban 
al vacio 
como aves 
prisioneras
que probando las alas 
se desploman.

Pronto,
Valparaíso,
marinero,
te olvidas
de las lágrimas, 
vuelves
a colgar tus moradas, 
a pintar puertas 
verdes, 
ventanas 
amarillas, 
todo 
lo transformas en nave, 
eres
la remendada proa 
de un pequeño, 
valeroso 
navío.
La tempestad corona 
con espuma 
tus cordeles que cantan 
y la luz del océano 
hace temblar camisas 
y banderas
en tu vacilación indestructible.

Estrella
oscura
eres 
de lejos, 
en la altura de la costa 
resplandeces 
y pronto 
entregas 
tu escondido fuego, 
el vaivén 
de tus sordos callejones, 
el desenfado 
de tu movimiento, 
la claridad 
de tu marinería. 



Aquí termino, es esta 
oda, 
Valparaíso, 
tan pequeña 
como una camiseta 
desvalida, 
colgando 
en tus ventanas harapientas 
meciéndose 
en el viento 
del océano, 
impregnándose 
de todos 
los dolores 
de tu suelo, 
recibiendo 
el rocío 
de los mares, el beso 
del ancho mar colérico 
que con toda su fuerza 
golpeándose en tu piedra 
no pudo 
derribarte, 
porque en tu pecho austral 
están tatuadas 
la lucha, 
la esperanza, 
la solidaridad 
y la alegría 
como anclas 
que resisten 
las olas de la tierra.












martes, 22 de julio de 2014

Gatos de Valparaíso

Oda al gato, Pablo Neruda


Los animales fueron 
imperfectos, 
largos de cola, tristes 
de cabeza.
Poco a poco se fueron 
componiendo, 
haciéndose paisaje, 
adquiriendo lunares, gracia, vuelo. 
El gato,
sólo el gato 
apareció completo 
y orgulloso:
nació completamente terminado, 
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro, 
la serpiente quisiera tener alas, 
el perro es un león desorientado, 
el ingeniero quiere ser poeta, 
la mosca estudia para golondrina, 
el poeta trata de imitar la mosca, 
pero el gato
quiere ser sólo gato 
y todo gato es gato 
desde bigote a cola, 
desde presentimiento a rata viva, 
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad 
como él, 
no tienen 
la luna ni la flor 
tal contextura:
es una sola cosa 
como el sol o el topacio, 
y la elástica línea en su contorno 
firme y sutil es como 
la línea de la proa de una nave. 
Sus ojos amarillos 
dejaron una sola 
ranura
para echar las monedas de la noche.

Oh pequeño 
emperador sin orbe, 
conquistador sin patria, 
mínimo tigre de salón, nupcial 
sultán del cielo 
de las tejas eróticas, 
el viento del amor
en la intemperie 
reclamas 
cuando pasas 
y posas 
cuatro pies delicados 
en el suelo, 
oliendo, 
desconfiando
de todo lo terrestre, 
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente 
de la casa, arrogante 
vestigio de la noche, 
perezoso, gimnástico 
y ajeno, 
profundísimo gato, 
policía secreta 
de las habitaciones, 
insignia
de un 
desaparecido terciopelo, 
seguramente no hay 
enigma 
en tu manera, 
tal vez no eres misterio, 
todo el mundo te sabe y perteneces 
al habitante menos misterioso, 
tal vez todos lo creen, 
todos se creen dueños, 
propietarios, tíos 
de gatos, compañeros, 
colegas, 
discípulos o amigos 
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago, 
el mar y la ciudad incalculable, 
la botánica, 
el gineceo con sus extravíos, 
el por y el menos de la matemática, 
los embudos volcánicos del mundo, 
la cáscara irreal del cocodrilo, 
la bondad ignorada del bombero, 
el atavismo azul del sacerdote, 
pero no puedo descifrar un gato. 
Mi razón resbaló en su indiferencia, 
sus ojos tienen números de oro.