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jueves, 3 de enero de 2013

Diario de viaje: Los jardines de Monet

Todas las mañanas del mundo


"Mi jardín es mi más bella obra de arte."
"El color es mi obsesión diaria, la alegría y el tormento."
Claude Monet




Este diario de viaje nace hoy, 2 de enero de 2013, una bella mañana de vacaciones en Buenos Aires. Es un raro diario que busca la fusión de las impresiones de los lugares conocidos, maceradas en la memoria. 
Un cielo de enero límpido y transparente, un sol pleno y un aire estimulante hoy trajeron a mis sentidos las impresiones imborrables de un jardín en el mundo: el mágico jardín de Claude Monet.

Giverny, el pequeño pueblo de la Normandía se encuentra a sólo 75 km. de París, sin embargo el viaje empieza mucho antes: la primera vez que uno quedó extasiado ante una pintura de Claude Monet.





El pueblo es muy pequeño y hoy es conocido simplemente porque allí se encuentra la residencia del gran pintor impresionista, que vivió hasta los 84 años y no salió en sus últimos diez años de Giverny. Es fácil entender porqué. No importa cuánto tiempo uno decida quedarse en la casa museo y sus jardines. Todo parecerá poco. Porque si hay un lugar humano que pueda parecerse al paraíso, para mí es ese lugar: agua, flores, arte y la calidez de un hogar.


El lugar se compone de tres secciones bien definidas: el jardín de agua, el jardín normando y la casa.

El jardín de agua o el mundo de los reflejos

Los estanques con las ninfeas en flor, los lánguidos sauces, las exuberantes glicinas, los simpáticos puentes japoneses, los juncos y las barcas olvidadas son los motivos de la mayoría de las pinturas de Monet.



 Pero más lo son los reflejos, el agua que refleja un mundo al revés. Intentar captar con la cámara esas imágenes inasibles es para el viajero moderno fuente de insatisfacción como lo ha sido para el gran maestro tratar de captar la esencia de lo efímero: la luz. 



Por más que uno recorra varias veces el perímetro del estanque, sabe que sólo está viendo un mínimo rostro de la belleza que cambia con el movimiento del sol y de las estaciones.


Esa mañana, casi a mediodía, el estanque era un espejo verde y el sol quemaba los colores en una imagen perfecta del verano.



Mientras caminamos, nuestros ojos acarician imágenes conocidas, vistas muchas veces en los libros de arte, y nuestro conocimiento previo se desconcierta un poco porque la única diferencia es la presencia humana. Los visitantes, que como peregrinos recorren los senderos, cruzan los puentes, buscan la foto, ésa, la perfecta, la imposible...


El jardín normando
El vasto jardín parece silvestre, casi descuidado. La mano entrenada de los jardineros, imperceptiblemente, crea la impresión de que las flores aparecen porque sí, cuando en realidad cada año replantan y cuidan con esmero los cientos de especies diferentes de este jardín mágico, pintado con miles de gamas de verdes y leves pinceladas amarillas, rojas, anaranjadas, lilas, blancas...



Un angosto sendero de grava conduce a la casa de las ventanas verdes, siempre abiertas al jardín soñado.



El aroma dulzón de tantas flores que se abren al sol nos marea un poco y agradecemos la buena idea de haber traído sombrero porque el sol abrasa y nos hace entrecerrar los ojos.


La casa del pintor

Por el bello sendero se llega a la casa rosada de dos pisos que permanece como en la época en que vivía allí el pintor junto a su numerosa familia. 



Cada ambiente está decorado de un color distinto. Por ejemplo, el encantador comedor con muebles campesinos está pensado en amarillo y decorado con platos cerámicos y grabados japoneses.


O la cocina, toda en tonos de azul, con los cerámicos decorados hasta el techo, el fogón a leña y las ollas de cobre.



Los dormitorios en la planta alta, el living con reproducciones de algunos de los cuadros famosos de Monet y de pinturas de sus amigos impresionistas. Todo es simple y bello. Todo está pensado a escala humana, como un verdadero hogar.



El enorme y luminoso taller donde ahora funciona la tienda con hermosos recuerdos, láminas y tarjetas, fue el lugar donde Monet pintó su serie de Las Ninfeas que puede verse en La Orangerie, un precioso museo dentro del Jardín de las Tuillerías, que recomiendo visitar antes o después de ir a Giverny. 






A Giverny se puede ir desde París en tren desde la estación St. Lazare, en auto o tomando alguna excursión. De cualquier modo la visita a esta casa y a este jardín es maravillosa y siempre resultará demasiado breve. Porque en el fondo creo que todos quisiéramos quedarnos, después de que el museo cierra sus puertas y los visitantes se han marchado con sus bolsitas de souvenirs.
No sé a ustedes, pero a mí y a Daniel, mi compañero de la vida, nos hubiera encantado quedarnos solos, prepararnos un buen mate y sentarnos en las reposeras a ver qué pasa con los colores del jardín cuando llega el atardecer. Se van dibujando las sombras, crece el silencio solo interrumpido por los grillos. Seguramente la noche apagará cada color de cada flor y cada reflejo del agua. Qué lindo sería poder permanecer en la casa de Monet cuando sólo queda el perfume en el aire, el sonido de las ranas en los estanques y las luciérnagas en la oscuridad.