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domingo, 15 de abril de 2018

VisagesVillages, Agnès Varda

La fuerza de la imagen


En la era de la imagen digital, ellos aman las texturas de la imagen impresa. 
Agnès Varda, la cineasta de 90 años y JR, el fotógrafo y artista callejero de 25, inventan una road movie por los pueblitos de Francia en busca de historias cinceladas en los rostros de la gente común. Sacan fotos y las transforman en gigantografías en blanco y negro que instalan como murales efímeros de papel y engrudo en paredes significativas de las aldeas que recorren.



Este excelente documental pone en el centro lo humano. Conmueve la belleza de tantos rostros reales, cuerpos reales, de gente real que mira a la cámara con la dignidad de su lucha, con el orgullo de su vida bien vivida.





El film se parece al sueño de la vida, al recorrido de los recuerdos plasmados en imágenes. Los dos extremos de la vida se unen en la pasión por la imagen de estos dos grandes artistas franceses.





Emotiva, bella, divertida, esta película refuerza en nuestro corazón el amor por el cine, por el arte callejero y sobretodo, nuestra pasión por la vida.

Los que no quieran perderse esta joya pueden verla todavía en tres salas de Buenos Aires.




"Visages villages" (Rostros y lugares)


Documental. Francia, 2017. 93’, ATP. De: Agnés Varda, JR. Con: Agnés Varda, JR. Salas: Artemultiplex, Atlas Patio Bullrich, Bama.







domingo, 18 de marzo de 2018

La forma del agua, Guillermo del Toro


O entrás o te quedás afuera

"La emoción es como el erotismo y el humor. Lo que para alguien es cursi, para otra persona es simplemente sentimental. Lo que para alguien es erótico, para el otro es pornográfico. Creo que nuestro umbral para la emoción está tan bajo que cualquier cosa nos parece cursi. No sólo en la ficción, sino en la vida real. El cinismo inmediatamente suena a inteligencia.
Esto lo hablo mucho con Alfonso (Cuarón) y con Alejandro (González Iñárritu) y los tres estamos de acuerdo en que la emoción es el nuevo punk. Lo más atrevido que puede hacer alguien es provocarse y provocar la emoción."
                                                         Guillermo del Toro en entrevista Revista Chilango 



No hay punto medio para la extraña, única y bellísima película de Guillermo del Toro. O entrás en ese mundo fantástico sin oponer resistencia o empezás a cuestionar el verosímil y te quedás afuera.
Yo soy de las que entré "hasta el caracú", me identifiqué con los personajes, me enamoré de la belleza estética, me emocioné y tuve miedo; es decir, experimenté todos los sentimientos posibles que los espectadores podemos sentir ante la magia de la enorme pantalla en la sala oscura de un cine.


Ya desde los créditos,  el director propone un pacto de lectura con el espectador: lo que vamos a ver es el cuento de una princesa durmiente en un mundo acuático y la voz del narrador nos alerta de que nos va a contar un cuento. Un cuento con personajes que quieren ser amados, un cuento con enemigos crueles que pisotean la inocencia, un cuento en el que alguien se anima a cambiar el rumbo de las cosas. ¿Cómo en la vida?

Pero no nos confundamos, lo que hace única a la película del cineasta mexicano es que detrás de la aparente simplicidad hay mucho artificio, mucha ironía, mucha crítica social. Y eso me encanta. El gran cuate nos hace un gran favor a todos los latinoamericanos que no compramos la cultura del Tío Sam. Parecería que logró venderles el cuentito de hadas a los yanquis que hasta le dieron el Oscar a la mejor película, mientras él se las arregló para criticarlos en sus narices: el armamentismo norteamericano, el consumismo, el machismo, el bullying, la discriminación, la homofobia, el racismo…  Claro, todo está ambientado en la década del 60, período álgido de la Guerra Fría pero también época de oro del cine y la música del gigante del Norte, dos tesoros que rescatan, para mí, a esa civilización decadente.


Volviendo a los logros de la película. No puedo imaginar un mejor casting para contar esta historia: Elisa Esposito (Sally Hawkins) con esa mirada, esa sonrisa, esa manera de expresar todo sin palabras;  la criatura anfibia (Doug Jones) dotada de unos matices increíbles, especialmente sus hermosos ojos de asombro; Zelda (Octavia Spencer), la compañera negra de Elisa en el área de limpieza de un laboratorio secreto y Giles (Richard Jenkins), el vecino artista que dibuja las publicidades en el momento en que esas imágenes, hoy retro para nosotros, empiezan a ser reemplazadas por la fotografía. Descollantes también los papeles de Richard Strickland (Michael Shannon), el jefe de seguridad, verdadero monstruo de la película y Dimitri (Michael S. Stuhlbarg) el científico ruso.




La ambientación tan extremadamente cuidada: los escenarios sorprendentes, el vestuario justo, el mobiliario y cada detalle nos sumerge en los colores y texturas de la década del 60, con los precisos recuerdos de mi infancia de las publicidades, las películas musicales que veía por televisión con mi mamá  (como Elisa, yo también quería bailar con Ginger Rogers, Fred Astaire o Shirley Temple).

La fotografía, exquisita. Dan Laustsen, el director de fotografía, creó momentos antológicos e inolvidables. Con esos azules en los momentos en que se hace protagonista el agua o esos grises amarronados del mundo nocturno y solitario en el que se mueven los personajes.


Una película rara como un huevo, leit motiv constante. Atravesada de una ingenuidad no exenta de erotismo y de pasión. No puedo decir nada más porque caería en spoilers. Vayan los que se animan al cine, vale la pena disfrutarla en pantalla grande. La forma del agua tiene algo de Amèlie, algo de La espuma de los días, pero no… Es una fábula, y como toda fábula nos quiere enseñar algo. No seré yo quien les diga la moraleja, vayan y descúbranla.


lunes, 30 de octubre de 2017

Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

La emoción de las pinceladas más famosas del mundo




Ese anochecer del 27 de julio de 1890, el forastero loco que pintaba lo cotidiano, llegó tambaléandose a la pobre pensión en la que se hospedaba en la pequeña aldea de la campiña francesa. El pintor no regresaba como siempre con su caballete y su maletín,  sino que sus manos intentaban detener la sangre que manaba de la herida de bala alojada en su vientre. ¿Suicidio? ¿Homicidio? 
Ese despreciado pintor era Vincent van Gogh, entonces un artista poco conocido, incomprendido y solitario. Ese mismo que hoy es el pintor más famoso, amado y valorado en todo el mundo. Su triste historia contrasta con la alegría vital de sus pinturas, que reinventan los colores con su pinceladas características.

Loving Vincent retoma ese misterio que rodea el final de su vida para darle un excelente esqueleto narrativo a esta película de 95 minutos hecha con 65.000 pinturas al óleo pintadas por un equipo de 100 artistas. La elección del joven de la chaqueta amarilla, personaje pintado por Van Gogh en Arlés, es ideal para ese rol de detective de policial negro que se involucra con los interrogantes de esta muerte dudosa.

Loving Vincent es fruto de la pasión por el artista de su guionista y directora, Dorota Kobiela y de la utopía, primera mano imposible, de realizar un largometraje animado con óleos del pintor. Por eso, para quienes entramos al arte de la mano de la admiración por Vincent, es una película atrapante y emocionante desde el primer fotograma.


Yo lloré mucho, aunque no es una película para llorar, lloré porque me conectó con la primera experiencia de placer estético de mi vida, cuando a los 16 años tuve en mis manos el fascículo de su obra en Los Grandes Maestros de la Pintura que el diariero me traía todas las semanas. Recorté los girasoles, los lirios y el cuarto y lo pegué en la puerta de mi habitación adolescente. Y más tarde, cuando empecé a trabajar, compré la reproducción enmarcada del jarrón de girasoles para que mi mamá tuviera una obra de arte en la cocina-comedor.

Más tarde me emocioné con las Cartas a Theo, una de las correspondencias epistolares más humanas y valiosas que leí en mi vida. El amor entre esos hermanos, la pasión por el arte, la soledad no dejan nunca indiferente a quien se asoma a esta historia.


La película, una proeza de la animación, nos hace ingresar a un mundo pintado al óleo, en continuo movimiento, como si la mano de Dios copiara el estilo de Vincent para contar el final de su vida terrenal y reservarse el misterio que encierra todo suicidio. Las escenas en blanco y negro para narrar el pasado son también especialmente bellas, sobre todo las referentes a la infancia del artista.


Vayan, vayan, vayan al cine, los amantes de Vincent. Y los que no, prueben la experiencia. No es Pixar, no es Disney , es una  película sorprendente y exigente para los parámetros del espectador. El largometraje de animación más maravilloso que he visto nunca con esos amarillos, verdes y azules, únicos del pintor más grande de todos los tiempos.

Todos amamos tanto a Vincent. Después de ver esta película en el cine, lo amarán más.




Aquí, en el enlace,  un video imperdible sobre el Making of de Loving Vincent:


Recomiendo entrar a la página oficial para más información y disfrute:
http://lovingvincent.com/

lunes, 24 de julio de 2017

Una serena pasión, Terence Davies

Emily Dickinson puertas adentro


El cineasta inglés Terence Davies nos deleita con una obra maestra disfrutable solo para aquellos que acepten el desafío de vivir las dos horas que dura la película desde el moroso tiempo mental y social de Emily Dickinson, la famosa poetisa estadounidense del siglo XIX.


La cámara recorre los salones de la casa familiar, capta los leves rayos de sol que se cuelan por los ventanales y el silencioso ocio de las noches en familia a la luz de las velas o de los faroles de aceite. También se pasea por el jardín de esa casona señorial de Amherst, Massachusetts por donde pasa la vida de Emily en medio del amor y protección de su familia.

El director apuesta a un biopic que tenga la misma consistencia y estética de la obra del personaje retratado. Por eso la película está hecha de la voz, la mirada y los sentimientos de la poetisa. Sus poemas se van bordando minuciosamente en cada escena y los diálogos irónicos, punzantes, inteligentes, nos acercan a mujeres conscientes de su opresión y de su encierro dentro del corsé de una sociedad puritana y patriarcal. Su incondicional hermana Vinnie, su resignada cuñada Susan, su madre melancólica, y su cínica y progresista amiga Vryling Buffum completan este intersante retablo femenino. 


Emily tuvo un padre progresista y amoroso, sin embargo fue a él a quien le pidió permiso para quedarse de noche escribiendo sus más de 800 poemas, escritos a mano y encuaderndos por ella misma en pequeños cuadernillos. De haberse casado, lo más probable es que no hubiera existido su vasta obra poética, porque su marido nunca hubiese permitido esas inconcebibles y vergonzosas veleidades. De hecho, a Emily Dickinson solamente le publicaron en vida 5 poemas en un periódico local y anónimamente. En una escena, su hermano ofendido porque Emily le ha reprochado su machismo,  le lee con crudeza un artículo del editor de esa misma publicación que habla de las mujeres poetas como solteronas infelices que desahogan sus penas en sus versos.

La película abarca desde la adolescencia hasta la muerte del personajes y se va posando en la creciente tristeza, amargura y desesperanza de una mujer que, encerrada en su casa paterna y oprimida por su cuerpo enfermo, encontró en la escritura de sus poemas la libertad en tiempos de opresión.



¿Puede una pasión ser serena? Ese oxímoron del título se ve encarnado en la formidable actuación de Cynthia Nixon (la recordada Miranda de Sex and the City) que logra transmitir esa mezcla de timidez enfermiza, intransigencia, inteligencia y pureza vibrante. 

Una película para no perderse en la pantalla grande. 



De yapa uno de los poemas de Emily traducidos por Silvina Ocampo:




Poema 128

Dame el ocaso en una copa,
enumérame los frascos de la mañana
y dime cuánto hay de rocío,
dime cuán lejos la mañana salta-
dime a qué hora duerme el tejedor
que tejió el espacio azul.

Escríbeme cuántas notas habrá
en el nuevo éxtasis del tordo
entre asombradas ramas-
cuántos caminos recorre la tortuga-
cuántas copas la abeja comparte,
disoluta del rocío.

También, ¿quién puso la base del arco iris,
también, quién guía las esferas dóciles
por juncos de azul flexible?
¿Qué dedos atan las estalactitas-
quién cuenta la plata de la noche
para saber si nadie está en deuda?

¿Quién edificó esta casita albana
y cerró herméticamente las ventanas
que mi espíritu no puede ver?
¿Quién me dejará salir un día de gala
con implementos de vuelo,
fugaz pomposidad?

Emily Dickinson (Versión de Silvina Ocampo)

lunes, 24 de abril de 2017

Frantz, de François Ozon


"Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final."
"Canción de otoño", Paul Verlaine

Un siglo después de la Gran Guerra...

...Ozon nos habla de potencias mudiales que se odian, de himnos nacionales que exaltan el derrame de la sangre del enemigo impuro en los surcos de la tierra, de muertes injustas, del arte, del amor y la libertad.




Así de ambiciosa y estimulante es esta película. Se nos queda anidada en el corazón cuando salimos del cine y crece, crece con nuevas preguntas y nuevas conexiones.


Un melodrama sutil con marchas y contramarchas que logra suspender el asombro y la emoción en el espectador.

Un film delicado y exquisito, con una fotografía en blanco y negro que nos sumerge en los ambientes burgueses de un pueblo alemán y en la bohemia del París de posguerra.


Es el viento que susurra en alemán en las hojas de los álamos de un cementario en primavera y es el otoño en los versos de Verlaine. 


Son recuerdos construidos por el deseo cuando la verdad duele demasiado y son cartas imaginarias para sanar corazones rotos.


Es la música que el pueblo alemán regaló a la humanidad y es el Louvre que aloja la pintura más bella del mundo.


Es animarse a cruzar las fronteras, siempre un poco más, un poco más, hasta encontrar lo que se busca o encontrarse a uno mismo en lo que se busca.


Es una reflexión sobre la culpa, la verdad y la negación ante lo insoportable.

Es el amor, la generosidad y la libertad donada por una familia del corazón y es la prisión de los buenos modales y el deber ser heredado en el linaje familiar.

Pero por sobre todas las cosas es la mirada de Anne.  Esos, sus ojos, a través de los cuales vemos los colores de la naturaleza, del baile y de la pintura cuando ella siente felicidad.

Frantz, es un muerto demasiado vivo. Omnipresente en el deseo. Desde su muerte de soldado que no entendía la guerra sigue proclamando el valor de la vida. "Frantz", de Ozon, una obra de arte. 

No se la pierdan en el cine. Difícilmente la dejen mucho en cartelera. Esa luz, esa fotografía, esa historia se merecen que nos apartemos por dos horas del mundo y nos entreguemos a la realidad hipnótica del cine en su máxima expresión.




domingo, 16 de abril de 2017

El porvenir, de Mia Hansen-Løve

La libertad de ser una misma


"El yo, no es un ser que permanece siempre el mismo, sino el ser cuyo existir consiste en identificarse, en recobrar su identidad a través de todo lo que le acontece."

Emmanuel Lévinas

  

"He vuelto a encontrar la libertad, la libertad total, es extraordinario", estas son las palabras de Nathalie, la profesora de filosofía encarnada por Isabelle Huppert, que en pocos meses ve completamente transformada su vida.

Cerca de los 60 años y de su posible jubilación, su marido la deja por otra mujer, sus hijos se van de casa, su madre, a la que cuida con devoción, se muere. La rodea el vacío de los estantes de la biblioteca de la que su esposo, también profesor de filosofía, se llevó sus libros y algunos de ella. 



Toda la primera parte de la película, se la ve corriendo de acá para allá: al Liceo, a la casa de su madre que sufre depresión y la llama constantemente, a la editorial que ya no quiere reeditarle sus libros.  Después del cataclismo, sin dramatismos ni victimizaciones, Nathalie empieza desarmar para armar.La casa de su madre, la casa de vacaciones donde fue tantos años feliz con su familia, sus afectos.


Ahí, entre sus afectos, aparece su ex-alumno preferido, un joven que la respeta y la tiene como referente. Este joven anarquista, la invita a la casa de campo que comparte con otros intelectuales y ella va, con Pandora, la gata negra de su madre. Allí, por más que todos sean muy amables con ella, Nathalie se siente ajena, ya no son tiempos de radicalismos para ella, sino de relativismos. Ya no le gusta tanto la convivencia en comunidad sino que disfruta de su soledad.


Y así, su paso se va haciendo más lento, ya no hay apuros, pero sí mucho amor para dar.
No es una mujer vacía, se ha realizado intelectualmente. Quizás serán muy distintos esos próximos 20 o 25 años que le restan en su porvenir a los de su madre, una hermosa mujer que había sido modelo y vivía de los recuerdos de su esplendor pasado.


En esta película,  Mia Hansen-Løve, con extremo realismo, nos muestra una mujer madura que se ha hecho a sí misma y que no necesita de un hombre para sentirse completa. Aunque el engaño de su esposo la tome desprevenida ("pensaba que ibas a quererme toda la vida"), corta por lo sano, se vuelve a comprar el Lévinas anotado por ella que se llevó su esposo, y logra desprenderse de la gata que le quedaba como obligación para con su madre. La lleva al campo, para que ella también sea libre.

En la escena final, anfitriona en la cena de Navidad con sus hijos, queda en el centro de la imagen el hogar y fuera de campo, ella con su nieto en brazos. El hijo de su hija, su sonrisa y la completitud de una mujer que está aprendiendo a vivir su porvenir.

Una película serena y bella. Quizás a mí me haya llegado tanto porque adoro a Isabelle Huppert . O quizás porque yo también estoy empezando a transitar esa misma época de despojos y ganancias.



martes, 28 de febrero de 2017

La La Land, de Damien Chazelle

La fábrica de sueños

Aviso: La La Land es un musical


Para algunos espectadores, el musical es un género menor o despreciable. Y esta es la crítica que muchos le han hecho a este film: "es aburrido", "está lleno de canciones", "la historia termina siendo lo menos importante"... ¡Claro, es que si no te gusta este género no entiendo porqué tiraste 140 pesos a la basura solo porque te dijeron que fue la película con más nominaciones al Oscar!

Sí, señores, La La Land es un musical, un hermoso musical del siglo XXI. Y su joven director, Damien Chazelle (1985), después de pensarlo mucho con su exitoso editor Tom Cross, establece claramente este pacto de lectura con el espectador en los primeros minutos de la película: un embotellamiento en la autopista en Cinemascope y Technicolor, la música más diversa que surge de cada auto detenido y una explosión coreográfica que nos deja boquiabiertos.


En esa ruta llena de obstáculos que impiden avanzar, se cruzan por primera vez Mia (Emma Stone), una actriz al borde de la frustración después de seis años de inútiles castings, y Sebastian (Ryan Gosling), un músico de jazz que sueña con ser dueño del mejor club de Jazz de Los Ángeles y su realidad próxima es tocar villancicos navideños en bares para sobrevivir. Ambos tienen un sueño que solo pueden conseguir en la Ciudad de las Estrellas adonde se dirigen.

A partir de ese momento son innumerables las alusiones, homenajes o intertextualidades a la época de oro del cine de Hollywood. Desfilan ante nuestros ojos imágenes que para los que estamos cerca de los 60 remiten directamente a la emoción y a la nostalgia. A la herencia cinéfila de mi madre, en mi caso. Hasta aparece la alusión autorreferencial del director a su exitosa Whiplash (2014) cuando aparece J K Simmons para reprimir los sueños de Sebastián.

El gran poster con la cara de Ingrid Bergman en el cuarto de Mia y su confesión: le encanta trabajar en un café de los estudios de cine porque todos los días puede ver la ventana del edificio de cartón piedra en la que se asomaban Humphrey Bogart e Ingrid en Casablanca... ¿Ustedes se acuerdan de cómo termina Casablanca? Pues yo sí, y creo que los espectadores como yo somos los que más podemos apreciar el trabajo preciosista de este director, que es muy joven y sin embargo supo jugar con la nostalgia de un pasado de oro.


Porque claro, cuando ni bien cuatro chicas empiezan a bailar con vestidos de colores y tacones de taco y tenés al lado la complicidad de alguien de tu edad  a quien poder codear y susurrarle Sweet Charity, tu cerebro y tu corazón aceptan ese desafío glorioso y lo agradecen.
Photo illustration by Slate. Images by Lionsgate, MGM, Paramount Pictures.
O cuando Mia y Seb bailan glamorosos entre las estrellas y vos te acordás de que querías ser Ginger Rogers para bailar con Fred Astair...
Photo illustration by Slate. Images by Lionsgate, MGM, Paramount Pictures.
Y cuando el baile en las piscinas te recuerda a las películas de Esther Williams y las coreografías perfectas y coloridas te ponen en la boca la sonrisa de Gene Kelly, aparece un sentimiento intransmisible, apolítico, ilógico: la constatación de que te habías olvidado de que la industria de Hollywood que tanto despreciás desde tu actual perspectiva pseudo intelectual te ha regalado muchas horas de genuina felicidad y ha moldeado tu emoción.

Photo illustration by Slate. Images by Lionsgate, MGM, Paramount Pictures.
Esta película también me regaló dos horas de sueños, música de la mejor (jazz "verdadero", jazz pop y la banda original de la película del joven Justin Hurwitz, que promete melodías inolvidables a lo Enio Morricone).

¿La historia? Mucho se habló de que demitifica los finales felices del cine de Hollywood. Para mí no, más que una historia de amor es la historia de dos soñadores que tuvieron la suerte de encontrarse en su camino, en el peor momento de oscuridad, con alguien que tuvo la generosidad de creer de corazón en el sueño del otro. Sin esa mirada luminosa y ese empujón de la gente que cree en nosotros es imposible aceptar y permitir que los sueños puedan hacerse realidad.

Ahhhh y el final... el final es una verdadera maravilla. A lo Mary Poppins, diría Daniel, y tiene razón.

Los dejo con la mirada de Emma Stone, omnipresente y bella en todo el film:




lunes, 27 de febrero de 2017

Manchester by The Sea, de Kenneth Lonergan

Una tragedia de hielo


Una obra maestra. Una tragedia profundamente humana. Un guión perfecto. Actuaciones que nos hacen olvidar que lo que estamos viendo es ficción.

Esta tragedia contemporánea produce la catarsis en el espectador que se hace carne con el sufrimiento inimaginable de Lee y lo acompaña a través de una narración impecable que va hilvanando puntada por puntada, sin concesiones, años de amor, error, vacío y soledad. 

Es un film en apariencia sencillo, parecido a muchas historias filmadas sobre dramas familiares, sin embargo el uso de los flasbacks y  el manejo del tiempo narrativo  en general lo vuelven único. 

Así como la persistente metáfora del hielo.

La nieve omnipresente que Lee excava cada mañana en los cuatro edificios en los cuales hace el trabajo de mantenimiento.
Los cielos grises.
Los muelles solitarios.
Los paisajes de invierno enhebran los momentos de la vida de un hombre ordinario protagonista de hechos extraordinarios.

Es el hielo en la obra de Lonergan la gran metáfora de la verdad. Hace doler las manos, impide la ternura fácil del autoengaño, congela la pena en el freezer del alma con alfileres alrededor de la nuca. Solamente el trabajo rutinario y embrutecedor de tratar de arreglar lo que a los otros se les rompe le brinda a Lee algo de paz.

Pero nada puede borrarle de la mirada ese hielo.
El fuego, cuando aparece en la vida del protagonista, nubla la razón, rueda por el piso con violencia y desata catástrofes. 
El abrazo fraternal, la mirada incondicional de su padre, la tibieza de la mano amiga, las confidencias de su único sobrino y familiar en el mundo son el único bálsamo para curar tanto dolor y tanta culpa.


En estos tiempos de mentira viscosa y líquida, esta película de hielo, sin golpes de efecto ni concesiones sensibleras, produjo en mí un efecto purificador y esperanzador. Me hizo comprender porqué ultimamente me sublevan tanto la mentira y las salidas fáciles. No hay nada más humano que la verdad y el amor.  Ese amor que no juzga, ese que acompaña, acepta y espera.


Manchester by the sea, es una película luminosa, vivificante y necesaria como una hermosa mañana de invierno. Y por suerte quedó intocada por las mentiras y confusiones de la entrega de los Oscars, hubiera sido para ella un crimen imperdonable. 

Los premios al mejor guión y al mejor actor son más que merecidos. Siguiendo los buenos consejos de Morir en Venecia empecé a ver las películas del Oscar por esta y no me equivoqué. No se la pierdan en el cine, en la comodidad del sillón del living no les puedo asegurar que tenga el mismo efecto.


EE.UU., 2016. 135’, SAM13. De: Kenneth Lonergan. Con: Casey Affleck, Michelle Williams, Lucas Hedges.

viernes, 22 de julio de 2016

"Novecento" (Monólogo teatral) de Alessandro Baricco y "La leyenda del pianista en el océano" de Giuseppe Tornatore

La fascinación de una buena historia



Baricco, este autor italiano  tan delicado y sensible, destila emoción en la pieza teatral "Novecento" ( que aclaro no tiene nada que ver con la famosa película de Bertolucci).
Elige el monólogo, que está tan cerca de la narración oral de donde nacen los cuentos, para poner en las palabras de Max Tooney, el trompetista norteamericano del gran buque de pasajeros el Virginian, la fabulosa historia del mejor pianista del mundo que fue su amigo. La historia de Danny Boodman T.D. Lemon Novecento.

Hablar más sería contar la esencia de esta historia tan perfecta, por eso, simplemente, recomiendo la lectura de la obra  y luego el visionado de la película, la genial adaptación que hizo del texto el genial Guiseppe Tornatore, mago de las emociones. 

La reconstrucción histórica, las geniales interpretaciones de los actores Tim Roth y Pruitt Taylor Vince, la fotografía y la música, ah, la música de Enio Morricone seguramente los harán emocionar y reflexionar con esta hermosa leyenda que sin duda es una metáfora de la vida.


Para los que quieran compartir esta doble experiencia que me recomendó mi amiga Marisa, aquí les dejo los enlaces:

 "Novecento" (Monólogo teatral) de Alessandro Baricco (1994)



"La leyenda del pianista en el océano" de Giuseppe Tornatore (1998)



martes, 5 de julio de 2016

Julieta: Almodóvar y el arte

Almodóvar y el arte para caracterizar a sus personajes

Escultura:
La primera escultura de un hombre sentado que Julieta envuelve en plástico de burbujas pertenece al artista valenciano Miquel Navarro. Esa pieza de arte, que en la película pertenece a la amiga de Joan, devela el triángulo amoroso latente en la historia desencadenante de la tragedia.



Posters:
 En la casa de Julieta, los afiches dan idea de sus intereses artísticos.
 Uno de una exposición de Lucian Freud


Otro de 'The Old Woman', un espectáculo de Robert Wilson con Mikhail Baryshnikov y Willem Dafoe.


Literatura:
Los libros son importantes para Julieta. El primero es la alusión a la Odisea en la clase del colegio de Julieta y los tres términos griegos para nombrar el mar.
El amor de Marguerite Duras
La tragedia griega de Albin Lesky


Más Julieta, de Almodóvar