Visitas al blog

martes, 6 de noviembre de 2012

Nazareno Cruz y el lobo

 La mirada poética de Leonardo Favio
"Un bichito colora...do...do...
ha matado a su mujer...jer...jer
Con un cuchillito de punta alfiler...
Le sacó las tripas y se puso a vender...
A veinte...a veinte...las tripas calientes..."


Así , con esa enigmática canción infantil en la voz ambigua de Fidelia, una niña pintarrajeada, inocente y amenazante a la vez, comienza la película de Leonardo Favio que fue un hito en mi historia con el cine y en la historia del Cine Nacional.
Junio de 1975. Supongo que habré ido a verla porque me había encantado Juan Moreira, o por la inmensa promoción, por sus imágenes de póster tecnicolor de los ´70, o por su leit motiv, "Soleados", esa música que pasaban a toda hora por la radio y que todavía me emociona con toda su carga kitsch, ingenua, romántica. 

Lo sobrenatural, ese sincretismo entre la superstición de la gente de campo y la religiosidad, es la cantera popular de la que abreva el creador. Para ello se basa en la famosa leyenda popular del lobizón: la maldición que acecha al séptimo hijo varón. En medio de una tormenta, lo sobrenatural nos sobrecoge desde el principio con el grito de la bruja Lechiguana: "¡Jeremías, Jeremías! No dejes parir a tu mujer. Seis hijos te dio el señor... El séptimo leche de diabla mamará y te nacerá lobizón".



Pero como en toda tragedia que se precie, los padres desafían al destino y ese bebé recibirá por nombre Nazareno, Nazareno Cruz.  Y el niño crece fuerte y alegre, querido por todos, hasta se burla de las supersticiones imitando el aullido del lobo,  y así pasarán los años, hasta que en su vida con los pies en la tierra de muchacho simple y pueblerino, conocerá en una misma noche el amor y la tragedia, al ángel y al demonio. Todo en una hoguera, remolino de fuego inolvidable. Los enamorados cruzan sus miradas puras sin saber que un niño oficia de Cupido y Mandinga empieza a esperar el Final. Porque como en toda tragedia, es imposible parar la flecha disparada por el arco de la fatalidad.


El amor de agua de Griselda y Nazareno, se consumará y fructificará en un hijo nacido de esa pasión sin salida. Y por el campo intentarán escapar de la profecía maldita la dulce muchacha blanca y el lobo negro como la noche más oscura. Aunque los dos saben con el cuerpo y con la respiración que no hay lugar para ese amor en este mundo.


Nazareno Cruz y el lobo es una película desmesurada, contaminada por el melodrama del radioteatro, moderna en su factura híbrida, bella en imágenes pictóricas que parecen escapadas del Infierno de El Bosco, pero fueron captadas por la mágica fotografía de Juan José Stagnaro.
Favio metamorfoseó a sus actores y los inmortalizó en esos personajes. Para siempre Marina Magalí será Griselda; Nora Cullen, la Lechiguana; Alfredo Alcón, un Satanás nostálgico de dios; Juan José Camero, Nazareno, Nazareno Cruz.


En una entrevista, Favio dijo sobre esta película:
"Este proyecto se gestó cuando en el país se desarrollaba esa enorme lucha por saber cuáles eran los buenos, cuáles eran los malos.Todos se debatían pensando si el peronismo, si la izquierda, si la derecha... El que elegía el amor estaba perdido. En ese momento eran todas mezquindades. La historia de Nazareno me pareció una buena metáfora. Es una película que parte de mi ingenuidad, de haber pensado que enviando mensajes se iban a poder apaciguar los ánimos"

Después de Nazareno Cruz y el lobo vinieron 11 años de exilio, otro capítulo dentro de la "crónica de un niño solo", ése que se hizo a sí mismo. Pura intuición e intensidad para retratar el fragmento de la historia colectiva. Para recordarnos que los sueños personales y las utopías son lazos que se entretejen en el entramado de la vida y que sólo se concretan con compromiso, puños cerrados y manos abiertas.

Viento, Tierra, Fuego, Aire, Cielo, Infierno, Amor, Dolor, Pueblo, Arte, Presente, Eternidad. Este es mi ramillete de palabras que  hoy elijo como ofrenda para recordar a Leonardo Favio. 



sábado, 3 de noviembre de 2012

La muerte mexicana

Ofrenda del Día de los Muertos en el Museo Fernández Blanco

"Para el   habitante de NuevaYork, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El  mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: "si me han de matar mañana, que me maten de una vez".
Octavio Paz (1914-1998) , El laberinto de la soledad





Buenos Aires nunca deja de sorprenderme, y ayer me dio una grata sorpresa: me trasladé a México para vivir la tradicional fiesta de Todos los Muertos con sólo tomarme el semirápido hasta el Correo Central y caminar hasta Suipacha y Libertador, hasta los increíbles jardines del colonial edificio del Museo Isaac Fernández Blanco.
En un atardecer perfecto, cientos de personas se congregaron para compartir las ofrendas a los muertos de la cultura de México y Argentina; este año los altarcitos fueron dedicados a Chavela Vargas, Carlos Fuentes, Caloi y Astor Piazzolla. Se entregaron, también, los premios a las simpáticas calaveritas literarias  ( especie de coplitas burlonas) dedicadas a las figuras homenajeadas, organizado por "Con X de México".


Con flores de papel, y flores naturales, con las fotos de los homenajeados junto a la infaltable Virgencita de Guadalupe, con papeles barrilete calados (papel picado, le dicen), con cruces, velas e incienso. Y lo más asombroso, variadas e irrespetuosas representaciones de la muerte, esqueletos vivos, gozosos, que no provocan miedo sino más bien una sonrisa de estupor. Y las calaveritas de azúcar con nombre, regalo para las personas queridas.


Con toda la paradoja de esa muerte que es vida, de ese dolor que es alegría, la muerte mexicana me conmueve, me pone la piel de gallina, me hace pensar que así deberíamos tratar a nuestros muertos queridos, sin tanta solemnidad, sin tantos traumas. Invitarlos en su día a nuestra mesa, recordarlos con las cosas que más les gustaban. Así me gustaría también que me recuerden a mí, algún día, porque no le tenemos miedo a la Huesuda, a la Calaca, a la Flaca, a la Pelona, a la Catrina...



Así, sin querer, se me cumplió el sueño de vivir un 2 de noviembre a la mexicana. ¡Y pensar que hace 19 años que se realiza este festejo organizado en conjunto por la Embajada de México y el Museo de Arte Hispanoamericano y yo no lo sabía! Enterarme de que en mi país se realiza un evento como este, heredado de las costumbres pre-colombinas, es muy estimulante. Es un pequeño pero poderoso gesto de la cultura hispanoamericana ante tanto Halloween de calabazas de plástico.
Para los interesados, el Altar de los Muertos, podrá ser visitado hasta el 11 de noviembre. Una excelente oportunidad para conocer, de paso, este museo que es un lugar encantador de nuestra querida Buenos Aires.