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martes, 17 de febrero de 2015

Metáforas

Cartas de mamá/ La cifra impar

"Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente."
Cartas de mamá, Julio Cortázar




Una canilla que gotea, en la maravillosa película de Antín, es la metáfora perfecta del recuerdo persistente de alguien, a quien no quiere nombrarse pero siempre está allí, invadiendo el sueño y la vigilia. Si es imposible cerrar la canilla de la memoria para que no nos enloquezca con su persistencia, ¿por qué no mejor abrirla, por fin,  para que drene, para que salga a la luz lo que el silencio trató de mantener en la oscuridad?


jueves, 1 de mayo de 2014

"No, no y no" Julio Cortázar


El señor Silicoso está completamente loco si se imagina que voy a darle una hormiga. Por el momento no pide más que una, creyendo que va a convencerme con su modestia, pero al principio (el 22 de noviembre por la tarde) pedía mucho más, quería cantidad de hormigueros, legiones de hormigas, prácticamente todas las hormigas. Está loco. No solamente no voy a darle la hormiga sino que tengo la intención de pasearme delante de su casa llevándola conmigo para hacerlo rabiar. Procederé de la manera siguiente: Primero me pondré mi corbata amarilla, y después de haber elegido la más esbelta y vivaz de mis hormigas, la soltaré para que se pasee por mi corbata. Habrá así un doble paseo, en el que yo iré y vendré frente a la casa del señor Silicoso y mi hormiga ira y vendrá por mi corbata. ¿He dicho un doble paseo? Más bien una apertura infinita de paseos en espiral, pues si bien la hormiga se pasea por mi corbata, mi corbata se pasea conmigo, la tierra me pasea en torno de la eclíptica, ésta se pasea a lo largo de la galaxia, que se pasea en torno de la estrella Beta del Centauro, y en ese preciso momento el señor Silicoso, que cree estar inmóvil, se asomará al balcón a tiempo para ver a mi hormiga perfectamente dibujada con todas sus patas y sus antenas sobre mi corbata amarilla que le parecerá, pobre hombre, una espada flamígera. Entonces empezará a soltar por boca y nariz una baba semejante al macramé, y su esposa e hijas acudirán para hacerle respirar sales y tenderlo en el canapé del salón. Salón que conozco demasiado bien, después de tantas veladas que he pasado bebiendo té frío junto a esa familia ávida de insectos.

El último Round - Tomo 2



martes, 22 de octubre de 2013

Pasaje Güemes

"El Pasaje Güemes, territorio 
ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje 
usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en 
que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de 
menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda 
página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables 
películas realistas.
Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme 
irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua 
fascinación perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo 
fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de las galerías 
cubiertas, donde cualquier sórdida botica polvorienta me atraía más que los 
escaparates tendidos a la insolencia de las calles abiertas." Julio Cortázar, El otro cielo



El último 17 de octubre, después del trabajo, quedé en encontrarme con Teresa, mi amiga uruguaya, en la Librería de Ávila (Alsina y Bolívar). No recordé la fecha y de pronto nos encontramos inmersas en el festejo del día, las calles cortadas y las columnas de miles de trabajadores embanderados. Con ojos de turistas emocionadas, cruzamos la plaza de fiesta y al azar salimos por la calle Florida.


Ya eran casi las 8 de la noche y los negocios estaban cerrando. De repente Teresa me preguntó: "¿Qué es eso?" 
Detrás de la fachada de una galería convencional estaba ella, la famosa galería Güemes del cuento de Cortázar... tanto la había buscado y de pronto, vino a mi encuentro.


Por suerte llevaba conmigo mi Lumix, así pude sacar estas postales de un lugar mágico, en pleno corazón de la city porteña, a unos metros de Plaza de Mayo.





El edificio donde se halla este suntuoso pasaje fue diseñado en 1915 por el arquitecto Francisco Gianotti, que también diseñó la cafetería El Molino, inspirándose en las galerías Vittorio Emmanuele de Milán.


En esta galería hubo siempre actividades comerciales y financieras, y un teatro en el subsuelo, que generalmente estaba dedicado al género picaresco. 



En los años '70 un incendio ocasionó la pérdida de la fachada de la calle Florida y los primeros metros de la galería. En su reconstrucción no se respetó el estilo arquitectónico, sino que se aprovechó para realizar oficinas. Por eso nunca antes la había encontrado.


Actualmente está fabulosamente puesta en valor, con sus molduras, sus espejos y mármoles.


Sus pequeños kioscos...


Y las imponentes claraboyas de hierro y vidrio...


Dicen que es posible subir a la torre vidriada que tiene un mirador, prometo pasar otro día más temprano, ahora que encontré ese otro cielo.

miércoles, 13 de junio de 2012

De Cortázar a David Lynch

Cuando el pasaje concreta el deseo* 

 “El otro cielo” de Julio Cortázar y “Mulholland Drive” de David Lynch


“…porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre”
JULIO CORTÁZAR, “El otro cielo”

A Julio Cortázar, mi autor favorito en el día del escritor



      El presente trabajo comparativo pretende simplemente entreabrir la puerta del laberinto para asomarnos a dos obras de arte contemporáneas que por su riqueza y sugestión invitan  al lector y al espectador a revisitarlas con el ingenuo afán de desvelar sus misterios o simplemente para volver a perderse en sus oscuros pasadizos.
      Aunque lejanos en el tiempo y en el espacio, Julio Cortázar y David Lynch, tienen en común una concepción lúdica del arte. Sus obras desafían la curiosidad y proponen un juego participativo que la recepción debe completar después de varias lecturas.
      En ambos textos los espacios escogidos funcionan como marcos simbólicos para un enunciado doble, especular. Los respectivos protagonistas, prisioneros de una realidad represiva y frustrante se desdoblan y “pasan” a ese otro mundo “el de los sueños”, en ambos casos asociado a lo prohibido y peligroso y a la concreción del deseo erótico.
      Ya desde sus títulos, los textos aluden a esos espacios que posibilitan el pasaje. “El otro cielo”, hace referencia a los altos cielorrasos de estuco de la Galería Güemes en Buenos Aires y de la Galería Vivienne; “Mullholland Drive” es una calle sinuosa, camino al borde del precipicio, desde cuyas alturas pueden verse las luces de Hollywood. No es casual que Cortázar haya elegido París, la Ciudad Luz durante la Belle Époque, para que el gris protagonista porteño se pierda en un mundo nocturno de galerías, cafés y bohardillas iluminados con picos de gas. Del mismo modo, Lynch elige una calle en Hollywood, la “fábrica de sueños”, para contar una rara historia en la que se entrelaza el amor y la traición con los siniestros intereses de la industria del cine.
       En el cuento de Cortázar, el plano de la realidad y el de la ensoñación se van tejiendo como en una guirnalda, elemento repetido como un leit motiv para aludir a la ornamentación del paraíso artificial de las galerías y para subrayar los pasajes que van conformando el relato. Ambos planos, que funcionan como perfectos opuestos, simbolizan la dualidad del protagonista, tironeado por la formalidad de su vida pequeño burguesa en Buenos Aires y la bohemia parisina anhelada. El protagonista en Buenos Aires es corredor de Bolsa, es un soltero “que  vive todavía en casa de su madre”[1], circunstancia que justifica su sumisión al tácito autoritarismo de una madre sobre protectora y posesiva. Además está comprometido con Irma, “la más buena y generosa de las mujeres”[2], Irma, la que siempre lo espera “con la sonrisa de las novias arañas”[3]. En Buenos Aires, es el bochornoso calor del verano lo que empuja al protagonista a buscar la sombra del Pasaje Güemes, “esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y el sol ahí afuera”. Del Pasaje Güemes sale a la Galerie Vivienne y así al plano de París, donde siempre es de noche y la felicidad es posible con Josiane, entre las risas y los abrazos de las prostitutas, el humo y el ajenjo, el miedo al estrangulador, la guerra y la nieve. París es para el protagonista “ese mundo diferente donde no había que pensar en Irma y se podía vivir sin horarios fijos, al azar de los encuentros y de la suerte.”[4]


     Para reforzar el tema del doble, Cortázar multiplica los desdoblamientos: la historia está dividida en dos partes, dos ciudades, dos guerras (la franco prusiana en París y la Segunda Guerra Mundial en Buenos Aires), dos lenguas, la invitación a reconocer los dos epígrafes de “Cantos de Maldoror” de Isidoro Ducasse- Conde de Lautremont, la clara alusión a este poeta en la figura del sudamericano y al perverso personaje de Maldoror en el estrangulador Laurent. Y todos esos dobleces caben en el deseo del protagonista, que pugna por ser otro. Ajenidad que reconoce propia cuando está perdido irremediablemente en la seguridad conformista de su resignada vida en Buenos Aires: “Algunos días me da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada llego a inventar como un consuelo, como si él nos hubiera matado a Laurent y a mí con su propia muerte”[5]
     El narrador en primera persona protagonista narra esta historia desde un presente nostálgico que entiende que esta historia sólo puede narrarse en pasado: “digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía.”[6]   Ya casado y esperando un hijo,  y con las responsabilidades del trabajo, el protagonista queda atrapado “del lado de acá”, en el mundo diurno y previsible del “hombre de bien”, destino forjado por las buenas intenciones de su madre. Siente que la guirnalda está definitivamente cerrada y entre una cosa y otra se queda prisionero de su vida plana: “sencillamente me quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y a las plantas del patio”[7]



        En el film de David Lynch, titulado en la Argentina “El camino de los sueños”, lo onírico lo contamina todo, enunciado y enunciación. El difuso límite entre sueño y realidad toma al espectador desprevenido, ya desde los créditos en los que aparece una danza frenética seguida por un collage de imágenes y escenas inconexas entre sí que, en una segunda lectura, funcionan como claves para la interpretación de la historia. La dulce Betty sonriéndole al futuro, acompañada de dos ancianos bondadosos, el primer plano de una revuelta cama roja, el cartel de la calle Mulholland Dr. iluminada por una luz titilante, el lujoso auto, la amenaza y el inesperado accidente, los perfectos jardines de las mansiones de Sunset Bulevard, la cafetería Winkie´s y la narración del sueño que se hace realidad, realidad que es muerte, que es mendiga, que es pura fealdad ominosa que no puede mirarse sin morir o volverse loco… Y después de esos saltos (aparentemente inconexos) de los que pronto nos olvidamos, comienza la tranquilizadora  historia de Betty, la bella e inocente rubia que llega a Hollywood cargada de sueños. Betty que llega protegida por la bendición de esos dulces ancianos que conoció en el avión y el tradicional cartel del aeropuerto “Welcome to Los Angeles”. Betty que entra al lujoso barrio privado donde vive su tía Ruth y recorre extasiada la lujosa casa… y Lynch nunca nos engaña, la cámara subjetiva que sigue a la protagonista y mira por sus ojos nos está dando una pauta de interpretación, hasta su exclamación ante la espaciosa y hermosa cocina “Es increíble”, está allí para alertarnos sobre la consistencia fantástica de los hechos narrados.
         Y dentro de la casa está “ella”, la sensual morocha sobreviviente del accidente que ha llegado amnésica a esa casa. Betty encuentra su ropa, su cartera y acepta con extraña naturalidad la presencia de la intrusa. En un juego de espejos, empieza a desplegarse el tema del doble, que Lynch multiplicará  hasta el infinito. En un antológico fotograma, perfecta síntesis, “ella” que se mira en el espejo circular, “ella” que no recuerda su nombre (porque para la economía narrativa es simplemente “ese oscuro objeto del deseo”) y el afiche reflejado detrás de su bello rostro le proporciona el nombre del ícono sexual por excelencia: Rita (la inmortal Gilda, la femme fatal).


     “Rita” no recuerda nada, no sabe por qué en su cartera repleta de dólares hay una misteriosa llave azul. Con sorprendente predisposición, “Betty” se hace cómplice y le propone llamar a la policía “fingiremos ser otra persona, sólo para saber si hubo un accidente en Mulholland Dr.”


      Y las bellas mujeres hermanadas por el misterio van entrelazando sus almas y sus cuerpos, y será en Winkie´s, donde en “Rita” se despierte el recuerdo de un nombre que ve en la identificación de la camarera: Diane. Diane Selwyn, el nombre necesario que las llevará a encontrar la pobre vecindad, el pobre y sucio cuarto, las abyectas sábanas rojas donde yace el cadáver de una mujer a la que la muerte le ha robado el rostro.
     Ya las voluptuosas mujeres jugarán frente al espejo a ser gemelas idénticas aunque sepan que ese puro reflejo no es más que puro simulacro, apenas una peluca rubia de pelo de muñeca. Y será un sueño en otra lengua la que las conduzca, juntas como gemelas, en un taxi, en la solitaria madrugada, al Club Silencio, lugar en el que se refuerza la idea de representación, de ficción: “No hay banda. No hay orquesta”. En el Club Silencio todo es artificio. Rebeca del Río, con su lágrima pintada, canta para ellas: “yo pensé que te olvidé pero te quiero mucho más que ayer” y el llanto las hermana y las lava por dentro y por fuera aunque el artificio está a la vista, la cantante cae en el escenario pero sigue cantando en un burdo playback.

 
     Misteriosamente, dentro de la cartera aparece la cúbica caja azul para la misteriosa llave que devolverá a la protagonista al plano de la insoportable realidad: su historia de amor, celos, humillación y traición. Asistiremos al reverso de la historia y descubriremos que el sueño la redime de ser Diane Selwyn, la amante de Camilla Rhode (la “protagonista”, la ganadora, la elegida). Diane abandonada y deprimida en su triste casa, en su triste vecindad. Y todo va encontrando su perfecto opuesto: la bata de seda de Betty se convierte en la sucia bata blanca de Diane. Y el director de cine, Adam Kesher que se enamora a primera vista de Betty pero es perseguido por la mafia y no puede elegirla para su película es el cínico antagonista que le roba el amor de Camilla y la humilla en público, y los dólares… son el sucio precio para pagar la venganza.
     El sueño de Diane, raro e inexplicable, como todos lo sueños, concreta su deseo de amor, de aceptación, de protagonismo. Y es un sueño fantástico, desmadejado del otro lado de la culpa y el disparo final, para volver a recomenzar.
Edward Hopper, Cine de N.Y., más pasadizos para explorar
     
      En conclusión, los protagonistas de ambos textos logran, a través del desdoblamiento, concretar el deseo, olvidar por un momento su triste destino. El narrador homodiegético en primera persona en “El otro cielo” y la focalización interna y subjetiva desde el punto de vista de Diane en “Mulholland Drive” permiten desarrollar con naturalidad ambos relatos fantásticos nutridos con la ambigua sustancia de los sueños, construidos con el reflejo de infinitos espejos enfrentados. Relatos laberintos que nos invitan a perdernos una y otra vez en la ficción, “como para tapar la realidad”[8].
     
    
*Este ensayo, de mi autoría, fue presentado como trabajo final para el seminario "El doble en el Cine y la Literatura", dictado por la Licenciada Laura Esponda, en la Universidad Nacional de Quilmes, en Junio de 2011 y publicado en el blog del curso.

[1] Cortázar, Julio, “El otro cielo” en Todos los fuegos el fuego, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977, página 172
[2] Cortázar, op. cit., página 170
[3] Cortázar, op. cit., página 191

[4] Cortázar, op. cit., página 178
[5] Cortázar, op., cit., página 197
[6] Cortázar, op. cit., página 167
[7]Cortázar , op., cit., página 197
[8] Borges, Jorge Luis, “El sur”.