"Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres."
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domingo, 1 de marzo de 2015
Borges: un destino sudamericano
El sur: mi cuento favorito de Jorge Luis Borges
"Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres."
"Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres."
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razondelgusto
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Borges,
cine y literatura
domingo, 7 de octubre de 2012
Sábados mágicos en el Malba: Beatriz Milhazes y Cornelia frente al espejo
Las pinturas de Beatriz Milhazes y Cornelia frente al espejo

Beatriz Milhazes, todo el color y la magia de lo eterno femenino
Basada en el cuento homónimo de Silvina Ocampo, el guión respeta fielmente los diálogos de un cuento que es puro diálogo, casi una obra de teatro.
El diálogo entre el cine y la literatura es frecuente desde el mismo nacimiento del cine, pero generalmente los lectores nos quedamos desilusionados con la versión fílmica. No es este el caso de la película de Rosenfeld que logra reproducir el mismo estado de estupor, la misma ambigüedad que genera este bello cuento-nouvelle de Silvina.
Para los que no leyeron el cuento, lo cual recomiendo antes de ver la película, Cornelia es uno de esos personajes lánguidos y a la vez apasionados, una joven de la oligarquía porteña venida a menos. Muy poco o casi nada sabemos del pasado de Cornelia, ella es el puro deseo del presente y ese deseo es morir. Para ello entra a la misteriosa mansión abandonada de su tía, llena de objetos guardianes del silencio, amenazantes desde su inmortal materialidad.
Cornelia, encarnada en Eugenia Capizzano, se materializa como una de las bellas esculturas que acaricia la cámara. Eugenia le presta su voz y su cuerpo a Cornelia para que deambule etérea por los distintos recintos de esa casa traspasada por los mínimos hilitos de luz que se filtran por las ventanas. Las palabras del cuento parecen nuevas en su boca, a tal punto que es necesario volver al texto para descubrir que sí, que allí estaban quietitas, esas palabras que antes de ver la película no habíamos visto, porque miramos sin ver o somos un poco miopes como dice Cornelia de sí misma.

Visitar el Malba siempre ha sido para mí una experiencia estimulante. Desde que abrió sus puertas hace diez años, El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires que alberga la colección Constantini es uno de mis lugares predilectos. Solamente entrar a ese edificio, fisgonear en la tienda, tomar un cafecito resulta un buen plan, mucho más cuando vamos con el entusiasmo de ver una muestra que nos han recomendado o que esperamos en Buenos Aires.
Como todo importante centro cultural cosmopolita, el Malba acerca las nuevas tendencias y organiza exposiciones muy bien curadas en sus espaciosas salas que modifican su espacio y sus colores para cada exhibición.
Ayer, siguiendo la pista del estreno de "Cornelia frente al espejo", la encontré en la programación de Octubre de Malba. cine. Buen plan para un sábado nublado: pasar la tarde en el Malba.
A continuación voy a hablar de dos experiencias muy distintas pero que para mi percepción fueron como la entrada y el primer plato de un banquete exquisito, cuyos sabores y aromas se potenciaron mutuamente.
Beatriz Milhazes, todo el color y la magia de lo eterno femenino
Durante los meses de septiembre a noviembre, subir al segundo piso del Malba es entrar a otra dimensión de círculos y color. Ninguna foto, ningún catálogo pueden hacerle honor a la pintura de Beatriz Milhazes, una carioca de 52 años, que sabe conjugar lo mejor del arte óptico, del pop y del realismo mágico latinoamericano.
Nos recibe en la galería la enorme intervención escenográfica diseñada por la artista especialmente para este espacio, que como una cortina infinita se extiende a lo largo del larguísimo pasillo. Dentro de las salas, sus enormes lienzos, llenos de texturas, nos hacen acordar a los calcos, a las figuritas, al espirógrafo que usábamos las niñas de los 70 con biromes de colores, a los arabescos infinitos que todas las mujeres dejamos en papeles cuando hablamos por teléfono o estamos aburridas en alguna reunión. Dicen que es la pintora más buscada de la actualidad y que en Sothebys sus cuadros están valuados en 600.000 libras esterlinas. Y sí, yo entiendo por qué. Son cuadros inspirados e inspiradores que contagian vida.
"Cornelia frente al espejo", el elogio del estado de perplejidad
A las 20, con el auditorio completo, antes de apagarse la luz, para nuestra sorpresa, el director de la película, Daniel Rosenfeld, nos presentó a las actrices y nos prometió un encuentro y unos vinos al final.
Ya desde los créditos, entramos en el mundo onírico que nos propone la película con la acertada elección de los grabados de Max Ernst.
Basada en el cuento homónimo de Silvina Ocampo, el guión respeta fielmente los diálogos de un cuento que es puro diálogo, casi una obra de teatro.
El diálogo entre el cine y la literatura es frecuente desde el mismo nacimiento del cine, pero generalmente los lectores nos quedamos desilusionados con la versión fílmica. No es este el caso de la película de Rosenfeld que logra reproducir el mismo estado de estupor, la misma ambigüedad que genera este bello cuento-nouvelle de Silvina.
Para los que no leyeron el cuento, lo cual recomiendo antes de ver la película, Cornelia es uno de esos personajes lánguidos y a la vez apasionados, una joven de la oligarquía porteña venida a menos. Muy poco o casi nada sabemos del pasado de Cornelia, ella es el puro deseo del presente y ese deseo es morir. Para ello entra a la misteriosa mansión abandonada de su tía, llena de objetos guardianes del silencio, amenazantes desde su inmortal materialidad.
Cornelia, encarnada en Eugenia Capizzano, se materializa como una de las bellas esculturas que acaricia la cámara. Eugenia le presta su voz y su cuerpo a Cornelia para que deambule etérea por los distintos recintos de esa casa traspasada por los mínimos hilitos de luz que se filtran por las ventanas. Las palabras del cuento parecen nuevas en su boca, a tal punto que es necesario volver al texto para descubrir que sí, que allí estaban quietitas, esas palabras que antes de ver la película no habíamos visto, porque miramos sin ver o somos un poco miopes como dice Cornelia de sí misma.
Las sucesivas apariciones de Eugenia Alonso, Rafael Spregelburd y Leonardo Sbaraglia crean tres momentos sólidos y bien distintos. El diálogo con Leonardo Sbaraglia pone en escena la inversión de Las mil y una noches, no es ella, como Sherezade la que quiere distraer a la muerte sino que es él quien le pide más historias con la ilusión de hacerla olvidar del suicidio. La narración de la romántica aventura con Pablo, ilustrada con las bellas fotos de principios del siglo XX seleccionadas de la revista Camera Work, es uno de los momentos más logrados del film.
La charla informal entre vinos con el director, completó esa sensación con la que uno sale de la sala: sólo personas enamoradas intensamente de un proyecto pueden hacer algo tan bello. Lograron transmitir esa sensación de produce el texto, la de salir con telarañas pegadas después de entrar a una misteriosa y oscura casona en la que la luz de las ventanas que abrimos va resucitando a los espejos para que despierten esos rostros que se miraron en ellos.
La música, las alusiones a la muerte del cisne, a Alicia en el país de los espejos, las metáforas especulares, la presencia de la niña y el acierto de retacear su imagen detrás del vidrio fragmentado. Todos son fragmentos de ese todo que es el cuento y la película de los que solo nos llevaremos retazos.
La niña de diez años... La adivina, La divina, Ladvinia? la de La Rosa Verde... encierra toda la ambigüedad de la obra de Silvina Ocampo. Todos pasamos por esos estados de perplejidad en la vida cotidiana... Como se pregunta Cornelia, ¿cómo no me di cuenta de que esmeralda, era Esmeralda, la calle conocida?
La niña de diez años... La adivina, La divina, Ladvinia? la de La Rosa Verde... encierra toda la ambigüedad de la obra de Silvina Ocampo. Todos pasamos por esos estados de perplejidad en la vida cotidiana... Como se pregunta Cornelia, ¿cómo no me di cuenta de que esmeralda, era Esmeralda, la calle conocida?
Lo más lindo de "Cornelia frente al espejo" es que uno vuelve a casa con la necesidad de buscar otra vez el cuento. Que una película basada en un texto tan rico e inasible produzca esta sensación es la mejor prueba de que se ha logrado la maravillosa alquimia entre el cine y la literatura.
Malba.cine:
Ciclo Fantasmas, durante el mes de octubre
CORNELIA FRENTE AL ESPEJO, de Daniel Rosenfeld: sábados a las 20 hs.
Horario exposiciones: 12 a 20 hs.
Entrada a exposiciones $30. Entrada al cine $23. Importante: estudiantes, docentes y jubilados lleven tarjeta o algún documento para acreditarlo así les hacen el descuento del 50%
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razondelgusto
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lunes, 23 de julio de 2012
Milonga de Gauna
Una novela, una película y una canción
En 1997, Sergio Renán, después del gran éxito de su película "La tregua", estrena su versión de está novela. Como Gauna, Renán es un valiente que afronta los grandes riesgos que suponen llevar al cine un clásico, en el que lo más jugoso son las reflexiones del protagonista, la irónica y empática voz del narrador y el juego entre los difusos límites del sueño, la memoria y el deseo. Para ello reúne un elencio impresionante formado por los que hoy están entre las figuras más destacadas del cine, la televisión y el teatro: Lito Cruz, Germán Palacios, Soledad Villamil, Fabián Vena, Damián de Santo, Diego Peretti, Rita Cortese y el español Fernando Fernán Gómez, la encarnación perfecta del Brujo Taboada.
La mirada de Germán Palacios en toda la película transmite ese ritual mágico por el cual algunos actores se convierten en el personaje. Seguramente esos ojos habrá soñado Bioy para su criatura.
La película termina con la milonga compuesta y cantada por Jaime Ross, que con belleza y poesía sintetiza todo aquello que el cine no puede transmitir, las ideas en estado puro, las emociones, la síntesis perfecta de una historia inolvidable.
La inspiración de esta entrada se la debo a Adriana Varela, me llegó su versión de la Milonga de Gauna, y su modo de "contar" la canción me devolvió nuevo e intacto el amor que siento por este libro, por este autor y por este personaje.
Hoy Razón del gusto les ofrece "tres en uno", ¿por qué no empezar por la canción, para aventurarnos luego en la lectura de la novela y en la película que se encuentra en DVD (AHV)?
El dolor se le fue
como por artimaña
vaya uno a saber
si es así o se engaña.
Su sonrisa final
vaya uno a saber
lo que quiso Gauna.
Dicen que su canción
ya estaba cantada.
Quién pudiera decir hoy
si sabía Gauna
que en aquel carnaval
cumpliría su rol.
Misterios del alma.
Emilio Gauna
murió en Palermo
en una noche de carnaval
acuchillado en un mano a mano
que se arrastraba de años atrás.
Acuchillado en un mano a mano...
Una duda resultó
ser mucho más fuerte,
una duda que enterró
el miedo a la muerte.
En su ciego puñal
una duda murió
en su cuerpo inerte.
El valor le llegó
cuando era debido.
El coraje que pidió
le fue concedido.
Encontró a su rival
ni perdió ni ganó
se marchó tranquilo
Emilio Gauna
murió en Palermo
en una noche de carnaval
acuchillado en un mano a mano
que se arrastraba de años atrás.
"Supo, o meramente sintió, que retomaba por fin su destino y que su destino estaba cumpliéndose.
No sólo vio su coraje, que se reflejaba con la luna en el cuchillito sereno; vio el gran final, la muerte esplendorosa. Ya en el 27 Gauna entrevió el otro lado. Lo recordó fantásticamente: sólo así puede uno recordar su propia muerte."
Adolfo Bioy Casares, "El sueño de los héroes"
"El sueño de los héroes", la hermosa novela de Adolfo Bioy Casares editada en 1954, es uno de los libros que revisito frecuentemente, para encontrarme sobre todo con Gauna, su entrañable protagonista. Este porteño de 21 años que, como en toda novela de iniciación, se busca a sí mismo, y así tratando de entender quién es encuentra su destino.
La novela de Bioy Casares nos sumerge en un mundo de hombres que hacen del coraje un mito y de la amistad un culto. Pero también está Clara, el amor que salva e ilumina.
La fatalidad es inexoralbe, por eso un hombre podrá postergar su destino pero nunca anularlo.
En 1997, Sergio Renán, después del gran éxito de su película "La tregua", estrena su versión de está novela. Como Gauna, Renán es un valiente que afronta los grandes riesgos que suponen llevar al cine un clásico, en el que lo más jugoso son las reflexiones del protagonista, la irónica y empática voz del narrador y el juego entre los difusos límites del sueño, la memoria y el deseo. Para ello reúne un elencio impresionante formado por los que hoy están entre las figuras más destacadas del cine, la televisión y el teatro: Lito Cruz, Germán Palacios, Soledad Villamil, Fabián Vena, Damián de Santo, Diego Peretti, Rita Cortese y el español Fernando Fernán Gómez, la encarnación perfecta del Brujo Taboada.
La mirada de Germán Palacios en toda la película transmite ese ritual mágico por el cual algunos actores se convierten en el personaje. Seguramente esos ojos habrá soñado Bioy para su criatura.
La película termina con la milonga compuesta y cantada por Jaime Ross, que con belleza y poesía sintetiza todo aquello que el cine no puede transmitir, las ideas en estado puro, las emociones, la síntesis perfecta de una historia inolvidable.
La inspiración de esta entrada se la debo a Adriana Varela, me llegó su versión de la Milonga de Gauna, y su modo de "contar" la canción me devolvió nuevo e intacto el amor que siento por este libro, por este autor y por este personaje.
Hoy Razón del gusto les ofrece "tres en uno", ¿por qué no empezar por la canción, para aventurarnos luego en la lectura de la novela y en la película que se encuentra en DVD (AHV)?
MILONGA DE GAUNA
El dolor se le fue
como por artimaña
vaya uno a saber
si es así o se engaña.
Su sonrisa final
vaya uno a saber
lo que quiso Gauna.
Dicen que su canción
ya estaba cantada.
Quién pudiera decir hoy
si sabía Gauna
que en aquel carnaval
cumpliría su rol.
Misterios del alma.
Emilio Gauna
murió en Palermo
en una noche de carnaval
acuchillado en un mano a mano
que se arrastraba de años atrás.
Acuchillado en un mano a mano...
Una duda resultó
ser mucho más fuerte,
una duda que enterró
el miedo a la muerte.
En su ciego puñal
una duda murió
en su cuerpo inerte.
El valor le llegó
cuando era debido.
El coraje que pidió
le fue concedido.
Encontró a su rival
ni perdió ni ganó
se marchó tranquilo
Emilio Gauna
murió en Palermo
en una noche de carnaval
acuchillado en un mano a mano
que se arrastraba de años atrás.
Jaime Ross
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miércoles, 13 de junio de 2012
De Cortázar a David Lynch
Cuando el pasaje concreta el deseo*
“El otro cielo” de Julio Cortázar y “Mulholland Drive” de David Lynch
“El otro cielo” de Julio Cortázar y “Mulholland Drive” de David Lynch
“…porque los pasajes y las galerías han sido mi
patria secreta desde siempre”
JULIO CORTÁZAR, “El otro cielo”
A Julio Cortázar, mi autor favorito en el día del escritor
El presente trabajo comparativo pretende
simplemente entreabrir la puerta del laberinto para asomarnos a dos obras de
arte contemporáneas que por su riqueza y sugestión invitan al lector y al espectador a revisitarlas con
el ingenuo afán de desvelar sus misterios o simplemente para volver a perderse
en sus oscuros pasadizos.
Aunque lejanos en el tiempo y en el
espacio, Julio Cortázar y David Lynch, tienen en común una concepción lúdica
del arte. Sus obras desafían la curiosidad y proponen un juego participativo
que la recepción debe completar después de varias lecturas.
En ambos textos los espacios escogidos
funcionan como marcos simbólicos para un enunciado doble, especular. Los
respectivos protagonistas, prisioneros de una realidad represiva y frustrante
se desdoblan y “pasan” a ese otro mundo “el de los sueños”, en ambos casos
asociado a lo prohibido y peligroso y a la concreción del deseo erótico.
Ya desde sus títulos, los textos aluden a
esos espacios que posibilitan el pasaje. “El otro cielo”, hace referencia a los
altos cielorrasos de estuco de la Galería
Güemes en Buenos Aires y de la Galería Vivienne; “Mullholland
Drive” es una calle sinuosa, camino al borde del precipicio, desde cuyas
alturas pueden verse las luces de Hollywood. No es casual que Cortázar haya
elegido París, la Ciudad Luz
durante la Belle
Époque, para que el gris protagonista porteño se pierda en un mundo nocturno de
galerías, cafés y bohardillas iluminados con picos de gas. Del mismo modo,
Lynch elige una calle en Hollywood, la “fábrica de sueños”, para contar una rara
historia en la que se entrelaza el amor y la traición con los siniestros
intereses de la industria del cine.
En
el cuento de Cortázar, el plano de la realidad y el de la ensoñación se van
tejiendo como en una guirnalda, elemento repetido como un leit motiv para
aludir a la ornamentación del paraíso artificial de las galerías y para
subrayar los pasajes que van conformando el relato. Ambos planos, que funcionan
como perfectos opuestos, simbolizan la dualidad del protagonista, tironeado por
la formalidad de su vida pequeño burguesa en Buenos Aires y la bohemia parisina
anhelada. El protagonista en Buenos Aires es corredor de Bolsa, es un soltero
“que vive todavía en casa de su madre”[1], circunstancia que justifica su sumisión al
tácito autoritarismo de una madre sobre protectora y posesiva. Además está
comprometido con Irma, “la más buena y generosa de las mujeres”[2], Irma, la que siempre lo espera “con la
sonrisa de las novias arañas”[3]. En Buenos Aires, es el bochornoso calor del
verano lo que empuja al protagonista a buscar la sombra del Pasaje Güemes, “esa
noche artificial que ignoraba la estupidez del día y el sol ahí afuera”. Del
Pasaje Güemes sale a la Galerie Vivienne
y así al plano de París, donde siempre es de noche y la felicidad es posible con
Josiane, entre las risas y los abrazos de las prostitutas, el humo y el ajenjo,
el miedo al estrangulador, la guerra y la nieve. París es para el protagonista
“ese mundo diferente donde no había que pensar en Irma y se podía vivir sin
horarios fijos, al azar de los encuentros y de la suerte.”[4]
Para reforzar el tema del doble, Cortázar
multiplica los desdoblamientos: la historia está dividida en dos partes, dos
ciudades, dos guerras (la franco prusiana en París y la Segunda Guerra Mundial en Buenos
Aires), dos lenguas, la invitación a reconocer los dos epígrafes de “Cantos de
Maldoror” de Isidoro Ducasse- Conde de Lautremont, la clara alusión a este
poeta en la figura del sudamericano y al perverso personaje de Maldoror en el
estrangulador Laurent. Y todos esos dobleces caben en el deseo del
protagonista, que pugna por ser otro. Ajenidad que reconoce propia cuando está
perdido irremediablemente en la seguridad conformista de su resignada vida en
Buenos Aires: “Algunos días me da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia
desganada llego a inventar como un consuelo, como si él nos hubiera matado a
Laurent y a mí con su propia muerte”[5]
El narrador en primera persona protagonista
narra esta historia desde un presente nostálgico que entiende que esta historia
sólo puede narrarse en pasado: “digo que me ocurría, aunque una estúpida
esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía.”[6] Ya
casado y esperando un hijo, y con las
responsabilidades del trabajo, el protagonista queda atrapado “del lado de
acá”, en el mundo diurno y previsible del “hombre de bien”, destino forjado por
las buenas intenciones de su madre. Siente que la guirnalda está
definitivamente cerrada y entre una cosa y otra se queda prisionero de su vida
plana: “sencillamente me quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y a las
plantas del patio”[7]
En el film de David
Lynch, titulado en la
Argentina “El camino de los sueños”, lo onírico lo contamina
todo, enunciado y enunciación. El difuso límite entre sueño y realidad toma al
espectador desprevenido, ya desde los créditos en los que aparece una danza
frenética seguida por un collage de imágenes y escenas inconexas entre sí que,
en una segunda lectura, funcionan como claves para la interpretación de la
historia. La dulce Betty sonriéndole al futuro, acompañada de dos ancianos
bondadosos, el primer plano de una revuelta cama roja, el cartel de la calle
Mulholland Dr. iluminada por una luz titilante, el lujoso auto, la amenaza y el
inesperado accidente, los perfectos jardines de las mansiones de Sunset
Bulevard, la cafetería Winkie´s y la narración del sueño que se hace realidad,
realidad que es muerte, que es mendiga, que es pura fealdad ominosa que no
puede mirarse sin morir o volverse loco… Y después de esos saltos
(aparentemente inconexos) de los que pronto nos olvidamos, comienza la
tranquilizadora historia de Betty, la
bella e inocente rubia que llega a Hollywood cargada de sueños. Betty que llega
protegida por la bendición de esos dulces ancianos que conoció en el avión y el
tradicional cartel del aeropuerto “Welcome to Los Angeles”. Betty que entra al
lujoso barrio privado donde vive su tía Ruth y recorre extasiada la lujosa
casa… y Lynch nunca nos engaña, la cámara subjetiva que sigue a la protagonista
y mira por sus ojos nos está dando una pauta de interpretación, hasta su
exclamación ante la espaciosa y hermosa cocina “Es increíble”, está allí para
alertarnos sobre la consistencia fantástica de los hechos narrados.
Y dentro de la casa está “ella”, la
sensual morocha sobreviviente del accidente que ha llegado amnésica a esa casa.
Betty encuentra su ropa, su cartera y acepta con extraña naturalidad la
presencia de la intrusa. En un juego de espejos, empieza a desplegarse el tema
del doble, que Lynch multiplicará hasta
el infinito. En un antológico fotograma, perfecta síntesis, “ella” que se mira en
el espejo circular, “ella” que no recuerda su nombre (porque para la economía
narrativa es simplemente “ese oscuro objeto del deseo”) y el afiche reflejado detrás
de su bello rostro le proporciona el nombre del ícono sexual por excelencia:
Rita (la inmortal Gilda, la femme fatal).
“Rita” no recuerda nada, no sabe por qué
en su cartera repleta de dólares hay una misteriosa llave azul. Con
sorprendente predisposición, “Betty” se hace cómplice y le propone llamar a la
policía “fingiremos ser otra persona, sólo para saber si hubo un accidente en
Mulholland Dr.”
Y las bellas mujeres hermanadas por el
misterio van entrelazando sus almas y sus cuerpos, y será en Winkie´s, donde en
“Rita” se despierte el recuerdo de un nombre que ve en la identificación de la
camarera: Diane. Diane Selwyn, el nombre necesario que las llevará a encontrar
la pobre vecindad, el pobre y sucio cuarto, las abyectas sábanas rojas donde
yace el cadáver de una mujer a la que la muerte le ha robado el rostro.
Ya las voluptuosas mujeres jugarán frente
al espejo a ser gemelas idénticas aunque sepan que ese puro reflejo no es más
que puro simulacro, apenas una peluca rubia de pelo de muñeca. Y será un sueño
en otra lengua la que las conduzca, juntas como gemelas, en un taxi, en la
solitaria madrugada, al Club Silencio, lugar en el que se refuerza la idea de
representación, de ficción: “No hay banda. No hay orquesta”. En el Club Silencio
todo es artificio. Rebeca del Río, con su lágrima pintada, canta para ellas: “yo
pensé que te olvidé pero te quiero mucho más que ayer” y el llanto las
hermana y las lava por dentro y por fuera aunque el artificio está a la vista,
la cantante cae en el escenario pero sigue cantando en un burdo playback.
Misteriosamente, dentro de la cartera
aparece la cúbica caja azul para la misteriosa llave que devolverá a la
protagonista al plano de la insoportable realidad: su historia de amor, celos,
humillación y traición. Asistiremos al reverso de la historia y descubriremos
que el sueño la redime de ser Diane Selwyn, la amante de Camilla Rhode (la
“protagonista”, la ganadora, la elegida). Diane abandonada y deprimida en su
triste casa, en su triste vecindad. Y todo va encontrando su perfecto opuesto:
la bata de seda de Betty se convierte en la sucia bata blanca de Diane. Y el
director de cine, Adam Kesher que se enamora a primera vista de Betty pero es
perseguido por la mafia y no puede elegirla para su película es el cínico
antagonista que le roba el amor de Camilla y la humilla en público, y los
dólares… son el sucio precio para pagar la venganza.
El sueño de Diane, raro e inexplicable,
como todos lo sueños, concreta su deseo de amor, de aceptación, de
protagonismo. Y es un sueño fantástico, desmadejado del otro lado de la culpa y
el disparo final, para volver a recomenzar.
En conclusión, los protagonistas de ambos
textos logran, a través del desdoblamiento, concretar el deseo, olvidar por un
momento su triste destino. El narrador homodiegético en primera persona en “El
otro cielo” y la focalización interna y subjetiva desde el punto de vista de
Diane en “Mulholland Drive” permiten desarrollar con naturalidad ambos relatos
fantásticos nutridos con la ambigua sustancia de los sueños, construidos con el
reflejo de infinitos espejos enfrentados. Relatos laberintos que nos invitan a
perdernos una y otra vez en la ficción, “como para tapar la realidad”[8].
*Este ensayo, de mi autoría, fue presentado como trabajo final para el seminario "El doble en el Cine y la Literatura", dictado por la Licenciada Laura Esponda, en la Universidad Nacional de Quilmes, en Junio de 2011 y publicado en el blog del curso.
[1] Cortázar, Julio, “El otro cielo” en Todos los fuegos el fuego,
Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977, página 172
[2] Cortázar, op. cit., página 170
[3] Cortázar, op. cit., página 191
[4] Cortázar, op. cit., página 178
[5] Cortázar, op., cit., página 197
[6] Cortázar, op. cit., página 167
[7]Cortázar , op., cit., página 197
[8] Borges, Jorge Luis, “El sur”.
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razondelgusto
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22:25
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