sábado, 30 de junio de 2012

Café Literario: El lector

El Lector, de Bernhard Schlink



“¿Cómo debía interpretar mi generación, la de los nacidos más tarde, la información que recibíamos sobre los horrores del exterminio de los judíos? No podemos aspirar a comprender lo que en sí es incomprensible, ni tenemos derecho a comparar lo que en sí es incomparable, ni a hacer preguntas, porque el que pregunta, aunque no ponga en duda el horror, sí lo hace objeto de comunicación, en lugar de asumirlo como algo ante lo que sólo se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad.”
Bernhard Schlink, “El lector”


La lectura del mes de Junio fue “El lector”, en mi clase de 5º año del secundario leímos la novela  y vimos la película. Los dejo con algunas de estas interesantes reflexiones:

El Lector nos presenta una historia de amor, seguida de la revelación de un trágico secreto. Mi lectura comenzó como un trabajo, otro deber escolar. No tenía nada que esperar ni nada que anhelar. Sin embargo, a lo largo de la lectura, la trama me cautivó, las dudas del protagonista  pasaron a ser mías. Luego vino la película. Ambas, novela y película, ilustran la vida del joven Michael en su relación con Hanna, en su iniciación en el amor y el juicio que trae al presente el pasado de Hanna. Tal como lo indica Michael en la película: “estamos aquí para comprender”. Esta es la moraleja, el mensaje, que nos deja el director a nosotros, los espectadores. No somos quiénes para juzgar, aunque sea más fácil pensar que fueron monstruos los que llevaron a cabo el Holocausto fueron personas, algunas como Hanna. Intentar comprender qué los llevó a cometer tales acciones abyectas, y en lo posible encontrar una oportunidad  para el arrepentimiento y el perdón. Por eso, la película se subtitula: “El poder de amar y el poder de perdonar”. Víctor Oh



El lector es una película dirigida por Stephen Daldry, está protagonizada por Kate Winslet, Ralph Fiennes y David Kross. La historia comienza en Alemania en 1958, la etapa posterior a la segunda Guerra Mundial y  cuenta la historia de un adolescente llamado Michael Berg, quien conoce a una señora llamada Hanna Schmitz , con la cual termina teniendo un apasionado romance secreto. Con el tiempo, Michael se enamora de Hannah, y opta por pasar las tardes con ella en vez de con sus amigos del colegio. Cada vez que se ven Michael le lee libros a Hannah y terminan haciendo el amor. Un romance de verano que marcaría la vida del protagonista para siempre. Hannah se muda a otra ciudad y sus vidas quedan completamente separadas hasta que 7 años después, cuando Michael es estudiante de Derecho,  vuelven a cruzarse en un Juicio a las guardianas de un campo de concentración.
A pesar de que la película no puede incluir todas las interesantísimas reflexiones de Michael sobre su culpa y el sentimiento de culpa colectiva de su generación, el director logra manejar  muy bien el uso del tiempo. La primera escena es muy impactante ya que toma lugar en el presente del protagonista,  en 1995. Nos muestra a Michael Berg, interpretado por Ralph Fiennes  como un hombre solitario. Se observa que vive solo y es muy distante con las otras personas. Para mostrarnos la obsesión del protagonista, anclado en el pasado, su triste mirada que observa por la ventana el paso del tren se funde en el recuerdo con la mañana en que Michael fortuitamente conoce a Hanna.” Francisco Gazzotto



El lector, un libro muy íntimo y personal que muestra las luchas internas que todos tenemos como personas, esa famosa pregunta que a veces nos hacemos ¿Qué es lo correcto? Para Michael se vuelve un laberinto sin salida dentro de su cabeza. Esta pregunta lo persigue a lo largo de toda su vida, toda su vida adulta recordando un mismo verano con una mujer, estos recuerdos lo consumen y lo apartan de su propia realidad.
La novela revisita un tema incómodo de la Historia del siglo XX: el Holocausto. Pese a que mucho fue escrito y filmado sobre esta masacre histórica, pocas veces se ha mostrado con tanta sensibilidad  la confusión  de la sociedad alemana una vez terminado el período del Tercer Reich. La culpa sobrevuela tanto  a la generación que sufrió la Segunda Guerra Mundial como a la generación posterior que se sigue preguntando cómo sus padres pudieron mirar para otro lado ante el maltrato y persecución de las minorías. El libro vuelve a la responsabilidad de esos guardias y líderes nazis que mantuvieron perfil bajo en los juicios de Núremberg, bajo el amparo de la “obediencia debida” pero que fueron los brazos ejecutores del horror. En “El lector” se ve que no todo fue blanco o negro, sino que hubo grises, especialmente en las personas.
Esta dualidad trae mucha confusión al personaje principal, Michael. Ya que no logra entender si es correcto lo que hizo en el pasado o no y no sabe como liberar su propia culpa.
“Era a ella a quien tenía que señalar con el dedo. Pero, al hacerlo, el dedo acusador se volvía contra mí. Yo la había querido.”



¿Es posible amar a una persona una vez que conocemos su pasado por más oscuro que sea? ¿Hasta qué punto nuestro pasado nos define como personas en el presente? ¿Existe el perdón incluso de una atrocidad?
En el año 2008 se hizo la adaptación cinematográfica con el mismo título. Kate Winslet se luce en la interpretación de un personaje de fuertes contradicciones, ya que Hanna  es una mujer fuerte, decidida, orgullosa y dominante pero al mismo tiempo su secreto la vuelve muy vulnerable. La película logra captar la esencia del libro pero no tanto la profundidad de los pensamientos de Michael que son lo que hacen que El Lector se diferencie de otras novelas sobre el tema. “ Ana Manini

domingo, 24 de junio de 2012

"Elefante blanco", la última de Pablo Trapero

Hacerse cargo

"Señor: Perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece.
Señor: perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.
Señor: perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas, de las que puedo no sufrir, ellos no.
Señor: perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.
Señor: Yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.
Señor: perdóname por decirles 'no sólo de pan vive el hombre' y no luchar con todo para que rescaten su pan.
Señor: quiero quererlos por ellos y no por mí.
Señor: quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.
Señor: quiero estar con ellos a la hora de la luz."
Padre Carlos Mugica (1930-1974)


"Elefante blanco", la última película de Pablo Trapero, es uno de esos raros fenómenos de la cultura argentina. Quizás porque tiene como protagonista a Ricardo Darín, quizás porque en las semanas anteriores al estreno tuvo una buena campaña publicitaria, quizás porque fue seleccionada para el Festival de Cannes, en la sección "Una cierta mirada", el público se lanzó de lleno a las salas y puedo dar fe de que se agotaron las entradas en las primeras semanas ( yo tuve que volverme a casa sin verla, la primera vez que lo intenté, sin sacar entradas con anticipación). Un raro prodigio para una película argentina y más si pensamos que aborda un tema duro, pesado, oprimente...



"Elefante Blanco" no es una película perfecta. Para los que nos quedamos deslumbrados por el intimismo de "Leonera" o por el sórdido suspenso de "Carancho", esta última producción de Trapero quizás peque de excesos, la película en sí misma es densa, pesada, oprimente... como el tema que trata.


"Elefante blanco" es una película exigente. Me pasó lo mismo que con "El árbol de la vida" de Terrence Malick, esa vez cuando salí de la sala, me encontré con una profesora en Letras, muy reconocida y admirada por mí.  "Un bodrio- me espetó acerca de la película-tuve que salir porque no me la banqué". La película de Malick no es perfecta, tampoco, porque como Trapero, se ha animado a algo muy grande; como en un gran Aleph, se propone mostrar la vida: lo grande y lo pequeño, el pasado, el presente y el futuro, la historia de una familia, que puede ser mi propia vida, y quizás falle algo, el tono, o el timing, pero, epa... ¡es tan inmensa, tan extraordinariamente humana! Entiendo que no podemos meternos en las razones del gusto, pero que una persona erudita, tire por tierra esa epopeya visual porque se ha aburrido, porque los nuevos modos de comunicación, que miden los momentos por clicks, le hayan atrofiado el recurso esencial para la actividad intelectual: la paciencia, eso me subleva, me indigna, debo confesarlo. 



Volviendo a  "Elefante blanco", esta es una película también muy ambiciosa, porque no quiere dejar nada afuera, porque quiso contar todas las historias: la de tanta fe pisoteada, la de tanta inocencia mancillada, la de tanto engaño, tanto gatillo fácil, tanta corrupción, tanta desidia, tanto barro, tanto amor, tanta culpa... Y por momentos, quisiéramos que se definan mejor algunas situaciones, o nos parecen que sobran hilos. Porque Trapero nos sumerge en las entrañas de la villa, en largas tomas de cámara en mano interminables que nos meten de narices en el más sórdido arrabal del infierno, pero también se mete en los recónditos laberintos del alma humana.
Reducir esta película a una mera denuncia de la injusticia, al regodeo en la marginalidad sería simplificar la cuestión. Por un lado, Trapero sigue los pasos del entrañable Monito, así como Fernando Meirelles se interna en el mundo de la favela contándonos la historia de Buscapé, en la crudísima "Ciudad de Dios" y nos muestra, descarnadamente la lucha entre los narcotraficantes, los fantasmas del paco, los intentos fallidos de rehabilitación.


Pero "Elefante blanco" va más allá. El epílogo y el prólogo nos aportan una pauta de lectura para comprender que la indagación más valiosa está en eso incomprensible que es la vocación, de allí el explícito homenaje al padre Mugica en el final. La vocación religiosa, la vocación solidaria, la militancia politica. ¿Qué poderosa razón hace que un hombre o una mujer deje a su familia, olvide sus propios intereses, elija vivir entre los marginados? ¿Qué se hace con la impotencia, con el cansancio, con la desilusión? 
¿Qué tipo de enfermedad aqueja al padre Julián? ¿El síndrome del burnout, el tumor, no son meros síntomas de un cuerpo y una mente que dicen basta pero un alma que quiere más, sedienta de utopías? ¿Ese fuego es lo que hace de un hombre un santo o un mártir?
En una escena antológica, se dice en la película "Ustedes se dan el lujo vivir como pobres porque son ricos", refiriéndose al padre Julián que ha vendido sus muchas propiedades para donarlas y al padre Nicolás (magníficamente interpretado por el actor belga Jeremie Renier), este cura nacido en el "primer mundo" que hace años que viene arriesgando su vida entre las comunidades más desposeídas de Latinoamérica.


Se pone de manifiesto, entonces, que el centro de la cuestión está en la posibilidad de elegir. Esa es la gran variable que divide a la humanidad en dos grupos:  los que podemos elegir y más o menos hacernos cargo de nuestras decisiones en la vida y los que están determinados a "la ciudad oculta" desde su nacimiento.
Ese edificio ominipresente en la película, el Elefante Blanco de Villa Lugano, es el símoblo perfecto de estas contradicciones. Pensado como el hopital más grande de Latinoamérica por Alfredo Palacios, convertido en un esqueleto vergonzoso por el olvido y la negligencia de los distintos gobiernos, hoy alberga el comedor y merendero de la "Asociación de Madres de Plaza de Mayo". Trapero supo darle carnadura poética y llenar de significados a un símbolo potente para todos los argentinos.


miércoles, 20 de junio de 2012

Celeste y Blanca

No hay bandera como la mía


 
El 20 de junio de 1820, Belgrano moría en la más absoluta pobreza y soledad, sin ver concretados sus sueños de grandeza para su patria. Ese día, Buenos Aires contaba con tres gobernadores y el país, a sólo cuatro años de su independencia, estaba inmerso en una tremenda anarquía, un presente violento y angustiante y un futuro incierto.
En esos tiempos, los ejércitos patrios cumplieron, además de su misión específicamente militar, funciones político–ideológicas y organizativas. Aquellos ejércitos no fueron concebidos como simples cuerpos armados destinados a la conquista, sino que, por el contrario, su misión fundamental fue la de asegurar la adhesión a la revolución.
 Belgrano fue un hombre comprometido con su tiempo, uno de los más importantes ideólogos de la Revolución de Mayo.  Era un intelectual habituado a las comodidades de la ciudad que sacrificó su bienestar y formó parte del ejército, sin ser militar, sufriendo todas las penurias imaginables: carencia de armas, pólvora, ropas, apoyo logístico, falta de hombres y serios problemas para la incorporación de nuevos soldados.
Un ejemplo de todo esto es su labor al frente del Ejército auxiliador del Paraguay.  Promovió la idea de independencia y simultáneamente propició transformaciones económicas, sociales y culturales. La campaña de Belgrano al Paraguay, a pesar de la derrota militar sufrida, logró el objetivo propuesto: el pueblo paraguayo se levantó en armas contra el régimen realista, aunque optando por su independencia frente a Buenos Aires, actitud que fue respetada por el gobierno revolucionario, que puso de manifiesto así, el sentido emancipador de la revolución, que consecuentemente aplicado, significaba también respeto por la autodeterminación de los pueblos. 


Belgrano fue, también, uno de los hombres más progresistas de nuestra historia. Sarmiento diría más tarde que Belgrano fue recién reconocido 30 años después de su muerte, cuando empezaron a ser valoradas sus ideas de avanzada. Belgrano ya predicaba antes de 1810 sobre los benéficos efectos de la instrucción pública y la libertad civil. Buscando material para preparar el acto del Día de la Bandera, encontramos con mis alumnos de 1º año documentos asombrosos, por ejemplo una carta en la que opinaba que en vez de fundarse otra Universidad, debían crearse escuelas para educar a las mujeres que en ese momento eran iletradas, aludiendo a que esas niñas serán las madres que educarán a los hombres de mañana. Como periodista en el “Correo del Comercio”, también divulgaba sus ideas democráticas aprendidas en Europa: decía que era tan injusto oprimir la libertad de pensar y hablar como lo sería tener atadas las lenguas, las manos o los pies a los ciudadanos.
Sería largo enumerar las acciones políticas y militares de Belgrano, quizás para dar una idea de su grandeza baste recordar una anécdota que lo pinta de cuerpo entero: cuando la Asamblea de año 13 votó para Belgrano una gratificación de 40.000 pesos por sus servicios a la patria, el general los donó para la creación de 4 escuelas primarias.


Si bien Manuel Belgrano es recordado por todo lo dicho, produjo un hecho político relevante, que no sólo tendría efectos inmediatos sobre la moral de su tropa, sino que pasaría a ocupar un lugar trascendente en la historia de la patria: la creación de la Bandera Nacional, evento del cual este año se cumplen 200 años. Hasta entonces las tropas libertadoras habían combatido con la misma bandera del enemigo, habiéndose iniciado la gesta de la independencia bajo el signo de la ausencia de un gobierno en España en razón de la  invasión napoleónica.
El 27 de febrero de 1812, Belgrano enarboló la Bandera Nacional en las Barrancas de Rosario, empleando los mismos colores que el gobierno había autorizado para ser usados como escarapela nacional. Al arengar a las tropas expresó que “la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad”.
En lo personal puedo decir que pertenezco a una generación a la cual nos han inculcado el amor por la bandera. Cada mañana se izaba la bandera en el patio de mi escuela, con frío o con calor, todos los alumnos formados en el patio, cantábamos la canción “Aurora” y levantábamos la vista hacia el cielo. “Alta en el cielo, un águila guerrera, azul un ala del color del cielo, azul un ala del color del mar.”
Si bien son muchas las versiones de la simbología de los colores de la bandera, por ejemplo que Belgrano sacó el celeste del manto de la Virgen protectora, y el símbolo del sol Inca. A mí me gusta pensar que los colores de la bandera son los mismos que los del cielo de la patria y que basta alzar la mirada para sentirse argentino.


Sería lindo que hoy todos los argentinos nos hagamos la misma pregunta que les hacen a los alumnos de 4º grado en todas las escuelas argentinas para la jura de la bandera:
¿Prometen defenderla la bandera, respetarla y amarla, con fraterna tolerancia y respeto, estudiando con firme voluntad, comprometiéndose a ser ciudadanos libres y justos, aceptando solidariamente en sus diferencias a todos los que pueblan nuestro suelo y transmitiendo, en todos y cada uno de nuestros actos, sus valores permanentes e irrenunciables?
Ojalá todos podamos responder, en el centro secreto de nuestro corazón:  "Sí, prometo, sí me comprometo".  



                                                                                

domingo, 17 de junio de 2012

Yerma en el Cervantes

"Yerma" o el dolor visceral de lo que no puede ser

¡Ay qué prado de pena! 
¡Ay qué puerta cerrada a la hermosura,
 que pido un hijo que sufrir 
y el aire me ofrece dalias de dormida luna!
Federico García Lorca

"García Lorca convierte al hijo en sujeto poético que nace del amor: como la lluvia que según caiga o no... da campos yermos o floridos. ¿Por qué no pensar, más bien, que Yerma y Juan caminan por paralelas que no se cruzan y que Víctor es sólo una ilusión ("maya": "lo que no es" del hinduísmo)?"
Daniel Suárez Marzal

Malena Solda y Sergio Surraco, una Yerma y un Juan auténticos e intensos

"Yerma" es la obra de García Lorca que más veces leí en mi vida... Resuenan en mi mente sus frases contundentes que puedo reproducir casi de memoria.
"Yerma" es la primera obra de teatro que vi en mi adolescencia y que marcó para siempre en mí un modo de ver el teatro. No tenía plena conciencia en ese momento de que había visto la puesta de Víctor García, ni que la actriz protagónica era nada más ni nada menos que Nuria Espert... Tenía sólo 16 años, sin embargo pude adivinar que estaba asistiendo a algo muy grande.

La asombrosa puesta de Víctor García, allá por 1974

Por eso, cuando vi que "Yerma" aparecía en la cartelera del Teatro Nacional Cervantes, un mes después de estudiarla con mis alumnos, fue una felicidad muy grande organizar ir a ver la obra juntos, pero también apareció cierto miedo de que  esta nueva versión no resistiera la comparación con la obra idealizada en mi recuerdo.
El viernes pasado, entonces, en la primera fila de la preciosa sala María Guerrero, estaba con casi todos mis alumnos de sexto año, expectantes. 
En el medio de una profunda oscuridad, se percibió el taconeo de decenas de zapatos que avanzaban inexorables, como la tragedia, cada vez más fuerte,  cada vez más fuerte hasta que aparecieron en escena Yerma y Juan, dormidos, inertes sobre un practicable de rocas, contra un muro blanco, altísimo. Si uno no conociera la obra, podría pensar que estaban muertos, dos cadáveres en el medio de un páramo yermo...

Sugestiva escenografía de Marcelo Valiente
Sin embargo, ese lecho de piedra es la fría cama conyugal de un matrimonio unido por la obligación del deber ser. "Incompatiblidad de caracteres" llamarían a eso que les pasa en una terapia de pareja hoy en día; "falta de química", le diría la sexóloga de turno de alguna revista "para mujeres"... pero para Yerma, su marido es otra cosa: "me lo ha dado mi padre y yo lo acepté... Y me miraba en sus ojos. Sí, pero para verme muy chica, muy manejable, como si yo misma fuera hija mía"

Tina Serrano, extraordinaria en el rol de la Vieja Pagana

Daniel Suárez Marzal logra una puesta moderna y simbólica y a la vez muy respetuosa del texto lorqueano y apegada a las tradiciones andaluzas. Belleza y elegancia, economía de recursos, movimientos coreográficos que transmiten esa tensión tan propia de la tragedia, son elementos muy bien combinados por el director para esta puesta vital y conmovedora.

Bello cuadro de las lavanderas, un arroyo humano a lo Pina Bausch
Malena Solda, va sosteniendo con el cuerpo y con el alma la sed que devora a la protagonista. Le da sentido a cada palabra de un texto lleno de matices que ella despierta y hace nuevo.
El delicado y colorido vestuario de Mini Zuccheri logra postales de gran potencia visual. El poder de la música flamenca en las canciones lorqueanas, que traspasan la piel en la voz del cantaor Geromo Amador y en el sonido de la guitarra de Sebastián Espósito, nos evocan lo más hondo del grito gitano, tan cercano al concepto pagano de la fatalidad de la tragedia griega.

"Quiero beber agua y no tengo ni vaso ni agua, quiero subir al monte y no tengo pies..."



Porque "Yerma" es una tragedia perfecta, el pecado de la protagonista, su hammarthia, es no conformarse con su destino: "roca que es una infamia que sea roca, porque debía ser un canasto de flores y agua dulce".
 Esa es la verdadera tragedia de Yerma: no resignarse a su sino. Su tragedia es, por lo tanto, la de todos los seres humanos, prisioneros de la fatalidad. Solo matando la "cochina esperanza"*, "con el cuerpo seco para siempre", podrá descansar en paz.


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* Jean Anouilh, en "Antígona"

 Teatro, Nacional Cervantes,
 Jueves a sábados a las 21hs. Domingos a las 20.30 hs 
Última función 27/7/12

miércoles, 13 de junio de 2012

De Cortázar a David Lynch

Cuando el pasaje concreta el deseo* 

 “El otro cielo” de Julio Cortázar y “Mulholland Drive” de David Lynch


“…porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre”
JULIO CORTÁZAR, “El otro cielo”

A Julio Cortázar, mi autor favorito en el día del escritor



      El presente trabajo comparativo pretende simplemente entreabrir la puerta del laberinto para asomarnos a dos obras de arte contemporáneas que por su riqueza y sugestión invitan  al lector y al espectador a revisitarlas con el ingenuo afán de desvelar sus misterios o simplemente para volver a perderse en sus oscuros pasadizos.
      Aunque lejanos en el tiempo y en el espacio, Julio Cortázar y David Lynch, tienen en común una concepción lúdica del arte. Sus obras desafían la curiosidad y proponen un juego participativo que la recepción debe completar después de varias lecturas.
      En ambos textos los espacios escogidos funcionan como marcos simbólicos para un enunciado doble, especular. Los respectivos protagonistas, prisioneros de una realidad represiva y frustrante se desdoblan y “pasan” a ese otro mundo “el de los sueños”, en ambos casos asociado a lo prohibido y peligroso y a la concreción del deseo erótico.
      Ya desde sus títulos, los textos aluden a esos espacios que posibilitan el pasaje. “El otro cielo”, hace referencia a los altos cielorrasos de estuco de la Galería Güemes en Buenos Aires y de la Galería Vivienne; “Mullholland Drive” es una calle sinuosa, camino al borde del precipicio, desde cuyas alturas pueden verse las luces de Hollywood. No es casual que Cortázar haya elegido París, la Ciudad Luz durante la Belle Époque, para que el gris protagonista porteño se pierda en un mundo nocturno de galerías, cafés y bohardillas iluminados con picos de gas. Del mismo modo, Lynch elige una calle en Hollywood, la “fábrica de sueños”, para contar una rara historia en la que se entrelaza el amor y la traición con los siniestros intereses de la industria del cine.
       En el cuento de Cortázar, el plano de la realidad y el de la ensoñación se van tejiendo como en una guirnalda, elemento repetido como un leit motiv para aludir a la ornamentación del paraíso artificial de las galerías y para subrayar los pasajes que van conformando el relato. Ambos planos, que funcionan como perfectos opuestos, simbolizan la dualidad del protagonista, tironeado por la formalidad de su vida pequeño burguesa en Buenos Aires y la bohemia parisina anhelada. El protagonista en Buenos Aires es corredor de Bolsa, es un soltero “que  vive todavía en casa de su madre”[1], circunstancia que justifica su sumisión al tácito autoritarismo de una madre sobre protectora y posesiva. Además está comprometido con Irma, “la más buena y generosa de las mujeres”[2], Irma, la que siempre lo espera “con la sonrisa de las novias arañas”[3]. En Buenos Aires, es el bochornoso calor del verano lo que empuja al protagonista a buscar la sombra del Pasaje Güemes, “esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y el sol ahí afuera”. Del Pasaje Güemes sale a la Galerie Vivienne y así al plano de París, donde siempre es de noche y la felicidad es posible con Josiane, entre las risas y los abrazos de las prostitutas, el humo y el ajenjo, el miedo al estrangulador, la guerra y la nieve. París es para el protagonista “ese mundo diferente donde no había que pensar en Irma y se podía vivir sin horarios fijos, al azar de los encuentros y de la suerte.”[4]


     Para reforzar el tema del doble, Cortázar multiplica los desdoblamientos: la historia está dividida en dos partes, dos ciudades, dos guerras (la franco prusiana en París y la Segunda Guerra Mundial en Buenos Aires), dos lenguas, la invitación a reconocer los dos epígrafes de “Cantos de Maldoror” de Isidoro Ducasse- Conde de Lautremont, la clara alusión a este poeta en la figura del sudamericano y al perverso personaje de Maldoror en el estrangulador Laurent. Y todos esos dobleces caben en el deseo del protagonista, que pugna por ser otro. Ajenidad que reconoce propia cuando está perdido irremediablemente en la seguridad conformista de su resignada vida en Buenos Aires: “Algunos días me da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada llego a inventar como un consuelo, como si él nos hubiera matado a Laurent y a mí con su propia muerte”[5]
     El narrador en primera persona protagonista narra esta historia desde un presente nostálgico que entiende que esta historia sólo puede narrarse en pasado: “digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía.”[6]   Ya casado y esperando un hijo,  y con las responsabilidades del trabajo, el protagonista queda atrapado “del lado de acá”, en el mundo diurno y previsible del “hombre de bien”, destino forjado por las buenas intenciones de su madre. Siente que la guirnalda está definitivamente cerrada y entre una cosa y otra se queda prisionero de su vida plana: “sencillamente me quedaré en casa tomando mate y mirando a Irma y a las plantas del patio”[7]



        En el film de David Lynch, titulado en la Argentina “El camino de los sueños”, lo onírico lo contamina todo, enunciado y enunciación. El difuso límite entre sueño y realidad toma al espectador desprevenido, ya desde los créditos en los que aparece una danza frenética seguida por un collage de imágenes y escenas inconexas entre sí que, en una segunda lectura, funcionan como claves para la interpretación de la historia. La dulce Betty sonriéndole al futuro, acompañada de dos ancianos bondadosos, el primer plano de una revuelta cama roja, el cartel de la calle Mulholland Dr. iluminada por una luz titilante, el lujoso auto, la amenaza y el inesperado accidente, los perfectos jardines de las mansiones de Sunset Bulevard, la cafetería Winkie´s y la narración del sueño que se hace realidad, realidad que es muerte, que es mendiga, que es pura fealdad ominosa que no puede mirarse sin morir o volverse loco… Y después de esos saltos (aparentemente inconexos) de los que pronto nos olvidamos, comienza la tranquilizadora  historia de Betty, la bella e inocente rubia que llega a Hollywood cargada de sueños. Betty que llega protegida por la bendición de esos dulces ancianos que conoció en el avión y el tradicional cartel del aeropuerto “Welcome to Los Angeles”. Betty que entra al lujoso barrio privado donde vive su tía Ruth y recorre extasiada la lujosa casa… y Lynch nunca nos engaña, la cámara subjetiva que sigue a la protagonista y mira por sus ojos nos está dando una pauta de interpretación, hasta su exclamación ante la espaciosa y hermosa cocina “Es increíble”, está allí para alertarnos sobre la consistencia fantástica de los hechos narrados.
         Y dentro de la casa está “ella”, la sensual morocha sobreviviente del accidente que ha llegado amnésica a esa casa. Betty encuentra su ropa, su cartera y acepta con extraña naturalidad la presencia de la intrusa. En un juego de espejos, empieza a desplegarse el tema del doble, que Lynch multiplicará  hasta el infinito. En un antológico fotograma, perfecta síntesis, “ella” que se mira en el espejo circular, “ella” que no recuerda su nombre (porque para la economía narrativa es simplemente “ese oscuro objeto del deseo”) y el afiche reflejado detrás de su bello rostro le proporciona el nombre del ícono sexual por excelencia: Rita (la inmortal Gilda, la femme fatal).


     “Rita” no recuerda nada, no sabe por qué en su cartera repleta de dólares hay una misteriosa llave azul. Con sorprendente predisposición, “Betty” se hace cómplice y le propone llamar a la policía “fingiremos ser otra persona, sólo para saber si hubo un accidente en Mulholland Dr.”


      Y las bellas mujeres hermanadas por el misterio van entrelazando sus almas y sus cuerpos, y será en Winkie´s, donde en “Rita” se despierte el recuerdo de un nombre que ve en la identificación de la camarera: Diane. Diane Selwyn, el nombre necesario que las llevará a encontrar la pobre vecindad, el pobre y sucio cuarto, las abyectas sábanas rojas donde yace el cadáver de una mujer a la que la muerte le ha robado el rostro.
     Ya las voluptuosas mujeres jugarán frente al espejo a ser gemelas idénticas aunque sepan que ese puro reflejo no es más que puro simulacro, apenas una peluca rubia de pelo de muñeca. Y será un sueño en otra lengua la que las conduzca, juntas como gemelas, en un taxi, en la solitaria madrugada, al Club Silencio, lugar en el que se refuerza la idea de representación, de ficción: “No hay banda. No hay orquesta”. En el Club Silencio todo es artificio. Rebeca del Río, con su lágrima pintada, canta para ellas: “yo pensé que te olvidé pero te quiero mucho más que ayer” y el llanto las hermana y las lava por dentro y por fuera aunque el artificio está a la vista, la cantante cae en el escenario pero sigue cantando en un burdo playback.

 
     Misteriosamente, dentro de la cartera aparece la cúbica caja azul para la misteriosa llave que devolverá a la protagonista al plano de la insoportable realidad: su historia de amor, celos, humillación y traición. Asistiremos al reverso de la historia y descubriremos que el sueño la redime de ser Diane Selwyn, la amante de Camilla Rhode (la “protagonista”, la ganadora, la elegida). Diane abandonada y deprimida en su triste casa, en su triste vecindad. Y todo va encontrando su perfecto opuesto: la bata de seda de Betty se convierte en la sucia bata blanca de Diane. Y el director de cine, Adam Kesher que se enamora a primera vista de Betty pero es perseguido por la mafia y no puede elegirla para su película es el cínico antagonista que le roba el amor de Camilla y la humilla en público, y los dólares… son el sucio precio para pagar la venganza.
     El sueño de Diane, raro e inexplicable, como todos lo sueños, concreta su deseo de amor, de aceptación, de protagonismo. Y es un sueño fantástico, desmadejado del otro lado de la culpa y el disparo final, para volver a recomenzar.
Edward Hopper, Cine de N.Y., más pasadizos para explorar
     
      En conclusión, los protagonistas de ambos textos logran, a través del desdoblamiento, concretar el deseo, olvidar por un momento su triste destino. El narrador homodiegético en primera persona en “El otro cielo” y la focalización interna y subjetiva desde el punto de vista de Diane en “Mulholland Drive” permiten desarrollar con naturalidad ambos relatos fantásticos nutridos con la ambigua sustancia de los sueños, construidos con el reflejo de infinitos espejos enfrentados. Relatos laberintos que nos invitan a perdernos una y otra vez en la ficción, “como para tapar la realidad”[8].
     
    
*Este ensayo, de mi autoría, fue presentado como trabajo final para el seminario "El doble en el Cine y la Literatura", dictado por la Licenciada Laura Esponda, en la Universidad Nacional de Quilmes, en Junio de 2011 y publicado en el blog del curso.

[1] Cortázar, Julio, “El otro cielo” en Todos los fuegos el fuego, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1977, página 172
[2] Cortázar, op. cit., página 170
[3] Cortázar, op. cit., página 191

[4] Cortázar, op. cit., página 178
[5] Cortázar, op., cit., página 197
[6] Cortázar, op. cit., página 167
[7]Cortázar , op., cit., página 197
[8] Borges, Jorge Luis, “El sur”.

domingo, 3 de junio de 2012

Café Literario: "La mujer en cuestión

  

“el mayor inconveniente que a este informante se le presenta es el reconocimiento de que una persona es en realidad muchas, de modo que, a medida que se avanza en la investigación, sus características se amplían, derivan en incidentes menores, se contradicen unos aspectos con otros, y el sujeto en cuestión es visto por distintos testigos como si se tratara de sujetos diversos”.   María Teresa Andruetto, La mujer en cuestión  

Como lo habíamos propuesto, nos juntamos virtualmente, cafecito mediante o sin él para compartir nuestra recepción de "La mujer en cuestión" de María Teresa Andruetto


Novela de estructura áspera, como un informe a pedido, en el que la voz del informante, completamente neutra, nos exaspera con su insistente búsqueda de objetividad. ¡Como si alguien pudiera ser asépticamente objetivo cuando se trata de narrar lo ominoso, de entender lo abyecto!
La mujer en cuestión se llama Eva Mondino Freiberg, es una cincuentona solitaria que ha sobrevivido la sordidez de la prisión en un campo de detención en Córdoba durante  la última dictadura militar. La mujer en cuestión está atravesada por la Historia, fue víctima en carne propia de lo más terrible de esos años siniestros: su amor de juventud es un desaparecido, sufrió la tortura, la violación, la apropiación de su bebé nacido en cautiverio, la violencia de género. Sin embargo la mujer en cuestión ha sido y sigue siendo el blanco de la incomprensión civil: "bolche, puta comunista" para algunos, tildada de traidora por sus compañeros de militancia, encarna la terrible situación de los sobrevivientes que pagaron con la vergüenza, la sospecha  y la culpa un poco más de vida aislada y vacía. 
Las distintas voces, los testimonios opuestos de los pocos conocidos, familiares y amigos subrayan la idea de que no hay un único pasado sino que la construcción de la memoria es una ardua tarea colectiva que requiere metodología y paciencia. Por momentos sobrevuela cierto escepticismo sobre la posibilidad de apropiarnos de la verdad. Si es tan difícil juntar la evidencia necesaria para comprender el pasado de la mujer en cuestión, cuánto más difícil será entonces entender qué le ha pasado a la sociedad argentina. Es aquí donde es determinante el valor de las instituciones como Abuelas, Madres e HIJOS, su coherencia en el tiempo enseñan que para proyectarnos en el futuro en necesario recuperar nuestra identidad, y entender qué pasó y por qué pasó.