sábado, 28 de enero de 2012

Rita Cortese, un rostro imprescindible del Cine Nacional

 El elogio de las actrices de reparto

A otros los conmueve la selección nacional de fútbol o de rugby cuando nos representa con la camiseta celeste y blanca. A mí,  me viene el patriotismo cuando hablamos del Cine Nacional. Ir al espacio INCA a ver una buena peli argentina me encanta. Cada vez es menos común escuchar la frasecita irónica "Yo, cine argentino no veo". Pero cada tanto, alguno que otro de mi generación, que se quedó en el cine de los 70, sigue expresando lo más campante este prejuicio. Y yo digo para mis adentros: ¡Cómo se ve que no te tomaste el trabajo de probar, de aunque sea por una vez reemplazar el cine pochoclero por una buena peli argentina!
No sé a ustedes, pero a mí ya me pasa que no me pierdo los estrenos de ciertos directores argentinos, como en el pasado me sucedía sólo con Almódovar, Woody Allen, Clint Eastwood. Entonces voy a ver la película porque es de Pablo Trapero, Paula Hernández, Daniel Burman, Lucrecia Martel, Julia Somolonoff,  Caetano, Carnevale o Campanella... Como verán la lista es heterogénea, para todos los gustos y por supuesto está muy incompleta. En todos los casos salgo llena del cine: me han contado una buena historia, con bella fotografía, con mucho color local. Me siento parte como espectadora porque esos personajes se mueven por mi paisaje cotidiano, hablan mi lengua, tienen una historia en común.

Hoy inauguro en mi blog la sección Cine Nacional y no me referiré a una película sino a una actriz: Rita Cortese. Puse la foto antes para que sepan de quién estoy hablando, es que así sucede con los actores de reparto. Están ahí, sosteniendo la historia, pero cuando salimos del cine todos nos acordamos de los protagonistas y tendemos a olvidarlos.
Ella estaba ahí, contundentemente humana en tres de las últimas películas argentinas que vi. Es Delfina, la hermana que quiere unir a la familia en "Los Marziano"; es Esther, la amiga, socia y confidente de Graciela Borges en "Viudas"; es la primera Madre de Plaza de Mayo que conoce Estela en "Verdades Verdaderas". Y cada vez que aparece yo le creo, es la mejor amiga, la mejor hermana, la madre luchadora y estoica. Amo como mueve sus manos, su voz ronca por el cigarrillo, sus ojos claros e intensos detrás de los anteojos. Amo su genuina humanidad.


Y justo cuando estaba pensando en escribir esta nota, la encontré por casualidad en Volver en "Herencia" (2001), la primera película de Paula Hernández. "Lluvia" y "Un amor", sus segunda y tercera películas, tienen como protagonistas a Valeria Bertucelli y a Elena Roger, respectivamente. Me sorprendió gratamente que para su opera prima esta sensible directora haya elegido a Rita Cortese para el papel protagónico de Olinda, una entrañable mujer sola que atiende una cantina italiana heredada. Y en ese rol, ella es simple y auténtica, una mujer en la sombra que al final elige su destino.

Rita Cortese tiene una rica trayectoria no sólo en cine, sino también en televisión. Canta y participa en las luchas reivindicatorias de los derechos de los actores argentinos. Es una hermosa mujer madura que puede representar a alguien de su edad porque no ha caído en la tentación en la que sucumbieron la mayoría de sus colegas de torturar el cuerpo en pos de la eterna, artificial juventud.





martes, 24 de enero de 2012

El gran río color de léon

"¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina."
Jorge Luis Borges

San Isidro y Magdalena
 
Nací en el hospital de Quilmes y desde que me enseñaron los puntos cardinales supe que el sol sale por el este, es decir, por el río. Quizás por eso mis ojos siempre tengan sed de horizonte.
Pertenezco a la generación que siente nostalgia por lo que fue el río antes de su contaminación irrevocable. Cuesta creer que el Río de Quilmes era un balneario para todos y hasta tenía un hotel... Crecí con los cuentos de mi papá sobre las formidables temporadas en los recreos. Mi papá, allá por los años cincuenta y tantos, era mozo en la Bristol, y con lo que ganó en un verano pudo hacerse la casa para casarse... Otros tiempos. Tiempos de picnics bajo los sauces, de películas al aire libre en la rambla de madera del Pejerrey Club, de puestitos de manzanas acarameladas y de copos de azúcar. Recuerdo especialmente esas noches bochornosas de verano, cuando mis padres cerraban el negocio, nos íbamos a comer sandwiches de milanesa, con la promesa de esa brisa fresquita que siempre encontrábamos en las escaleras de piedra que golpeaba el río.
Allí llevé en su primera visita a Quilmes, hace 27 años a Daniel, un 14 de febrero, cuando no sabíamos que ese día era San Valentín y empezó nuestro amor para toda la vida.
Y sigo volviendo al río, a caminar, a andar en bicicleta, buscando esa pureza que creía perdida pero este enero caluroso en que "no me fui de vacaciones", la volví a encontrar: la misma sorpresa, el mismo encanto a sólo una hora y media de mi casa.

En  primer lugar, (sólo porque fui antes) me referiré a San Isidro. "Qué poco original", dirán muchos. Pero recuerden, yo soy del sur del Gran Buenos Aires y para mí, llegar a Retiro para tomar la línea que va a Tigre fue como viajar a otro país.
Mi amiga Eri me estaba esperando para la gran bicicleteada y juntas fuimos recorriendo el hermoso y bien conservado centro histórico de San Isidro, con su catedral, su plaza, sus antiguas casonas de jardines secretos y esos increíbles árboles que se abrazan en el medio de las calles. Hileras de tipas centenarias, erguidas, que forman un verdadero techo de refrescantes hojas. En San Isidro, parece que no molestan las raíces que rompen las veredas ni las hojas en otoño. Embelesada, en todo el largo recorrido disfruté de esa sombra sagrada de los árboles.



Y así fuimos buscando los miradores, miradores de qué, se preguntarán... pues miradores del río. Desde la cima de esas bellas barrancas pudimos contemplar la cinta peltre del horizonte.


Y por casualidad, llegamos a la Quinta Los Ombúes, actual museo histórico que en el pasado perteneció a distintas familias patricias. Mi amigo Diego me explicó que los adelantados, desde Juan de Garay, otorgaban una "legua" por los servicios prestados a la corona. Una franja de tierra, toda la barranca hasta el río. Entramos a la casona en la que vivió la famosa Mariquita Sánchez de Thompson, con su patio de azulejos, sus frescas galerías y el imponente jardín cuyo límite es el río.



El segundo lugar es Magdalena. siguiendo la Av. platense 122 que empalma con la ruta provincial Nº 11 llegamos al "Náutico" de Magadalena. Allí nuestros amigos Susana y Guillermo fueron a acampar por una semana y ese día fuimos a visitarlos. Nos recibieron en su patio de sombra al lado de la carpa. Entre charlas y mates interminables, esperamos a que se hiciera tranquilo el asado. Cada tanto, al sol,  revoloteaba alguna soñolienta mariposa celeste. Después del almuerzo fuimos a bañarnos al río. Susi nos había prometido una sorpresa pero lo que vimos fue conmovedor. Una alfombra de flores blancas sobre un pasto muy verde se extendía ante nuestros ojos alucinados hacia los juncos y hacia el imponente "río color de león", como lo bautizó Lugones en su poema "A Buenos Aires".



Caminar por la playa para meternos en la agüita mansa, a la temperatura justa. Sentarnos en esa alfombrita del lecho donde se graba a la perfección la huella de esas breves olas. Jugar a la guerra, tirándonos bombas de arena mojada.... Fue un viaje a la infancia. O más atrás. Fue ver con mis propios ojos cómo habrá sido el paisaje virgen que avistaron aquellos primeros barquitos pintados que llegaron a los tumbos por la corriente zaina. En Magdalena el agua es transparente y la arena limpia. Los sauces nos convidan su buena sombra y las flores y las mariposas nos sorprenden con su inocencia.





domingo, 22 de enero de 2012

"Copia certificada", de Abbas Kiarostami

El juego especular de la representación

"Él -Tomas cualquier objeto, lo pones en un museo y cambias la forma en que la gente lo ve. No es el objeto lo que importa sino la percepción que tenemos de él.
Ella- Si su nombre es Jasper Jones, puede hacerlo.
Él- Si su nombre es Marie ( la hermana de Ella) también lo puede hacer. La forma en que ella mira a su marido cambia su valor. Mira esos cipreses, son únicos... Quiero decir, nunca veremos dos cipreses iguales. Son viejos. Alguien me dijo que en algún lugar tienen hasta mil años. La originalidad, la belleza, la edad y la funcionalidad. La definición de una obra de arte, de hecho. Sólo que no estamos en una galería, sino en el campo. Y por lo tanto no reciben la atención que se merecen"



Este es un fragmento de la larga escena en el auto, en la que la pareja protagonizada por Juliette Binoche y el tenor inglés William Shimmell conversan sobre la vida y el arte. Y es que lo mejor de esta bella película, filmada con la luz dorada de la Toscana en verano, son los intensos diálogos. Es fácil identificarnos con él o con ella según las experiencias de género; nos resulta interesante lo que discuten sobre el valor del original y la copia en el arte. Idea planteada ya desde el inicio que muestra un escritorio donde se presentará a un auditorio el libro, cuyo título precisamente es el título de la película.
En "Copia certificada", proliferan los espejos, los reflejos en los vidrios de las ventanas o en el parabrisas, las pinturas y esculturas en este bella región de Italia que es un museo al aire libre. Se hablan tres lenguas: el italiano, el francés y el inglés y los idiomas en este film (como en la vida misma) funcionan como máscaras para que se expresen los distintos personajes que conviven en cada uno.
Podría haber sido una película sobre la desilusión, sobre el paso del tiempo, sobre el amor. Y en un momento caemos en las redes del melodrama y nuestro corazón romántico acompaña a Ella frente al espejo, Ella que quiere reavivar la pasión desvaída por 15 años de matrimonio pintándose los labios con rouge, bien rojo. Ella que quiere exacerbar su femineidad con unos aros largos, revivir la ilusión de las promesas de la boda en el candor de los recién casados que conoce en la iglesia o regresando a la habitación número 9 donde fueron felices. Y casi, casi, quedamos atrapados en el romanticismo que nos hace recordar a la famosa "Te querré para siempre" de Roberto Rosellini. Pero la Binoche no es Ingrid Bergman y Kiarostami no es el Rosellini de los 50. 



El cineasta iraní, nos recuerda al final, que como en su maravillosa " El sabor de la cereza", él es un artista que no deja certezas sino preguntas. Que nos propone elegir. Elegir un final. Elegir una explicación para esa historia que nos narra en la que nada es tan simple como quisiéramos.
¿Qué elegirá Él, el frío y tan seguro de sí mismo intelectual inglés, al final, frente al espejo, con ese paisaje detrás enmarcado por la ventana que parece un cuadro renacentista, mientras suenan las incesantes campanadas de la iglesia? 
"Copia certificada" es una película bella por su luz, por las lágrimas de la Binoche, por  los paseos por la Toscana, los íntimos cafés y restaurantes, los museos y las iglesias. Se parece a la vida pero, cuidado, no es más que una mera representación.

jueves, 19 de enero de 2012

Renata Schussheim, en estado de gracia

A Daniel, con quien comparto este amor...

"Juguemos a que existe alguna manera de atravesar el espejo;
juguemos a que el cristal se hace blando como si fuera una gasa 
de forma que pudiéramos pasar a través de él. ¡¿Pero cómo?!
Lewis Carroll, "A través del espejo"

A través del espejo y lo que Renata encontró al otro lado...

 Descubrí a Renata, allá por 1984... Ella empezaba a ser muy, muy famosa y un día me topé con su foto en la tapa de La Revista de La Nación. Fue como mirarme en el espejo, el mismo corte de pelo, los mismos ojos claros un poco tristes. Ella no usaba todavía el cabello color fuego, yo no estaba tan "rubia"... Esa semana mucha gente me marcó el parecido y se profundizó en mí esa mezcla de estremecimiento, curiosidad e identificación que produce nuestra imagen duplicada. 


Desde entonces, Renata me lleva de la mano a ese otro mundo que se encuentra detrás de los espejos. Allí existen familias de artistas hermanadas por mínimos bonetes; eternas bañistas que visten vestidos del color de la noche, bordados con millones de estrellas; pájaros que aman hacer nidos en los sombreros o en las melenas de las niñas para siempre. Y los animales, cada vez más humanizados; o los hombres, cada vez más bellamente animalizados... hermanados en tiernos abrazos, mirándonos fijamente desde el otro lado, atrayéndonos con todo un mundo de ambigüedad y diversidad.


Me gusta acercarme a sus dibujos y tratar de contar las innumerables hebras de los cabellos, el volumen de los pómulos o las suaves ojeras insinuadas por millones de puntitos.  Me detengo en las finas manitos de sus bebés cachorros; en los espléndidos pliegues de las ropas; en los labios siempre rojos, esas "boquitas pintadas" que marcan el eterno femenino.
Renata es una gran artista. Y como todos los grandes, dedica la vida a lo que ama: el arte. El mundo del teatro y de la danza tiene en ella una exquisita e inconfundible vestuarista; las artes plásticas argentinas miman a esta creadora de imágenes perturbadoras. Ha llegado al Museo Nacional, al Centro Recoleta con mega instalaciones del más alto nivel internacional y ha expuesto también en lugares íntimos y  exclusivos como en su última exposición en la Av. Callao. Todo con la más absoluta sencillez, porque para ella  la felicidad se trata de pintar, dibujar y crear. De esa continua epifanía, de ese estado de gracia nace la belleza gozosa que transmite toda su obra.

lunes, 16 de enero de 2012

Librería El Ateneo Grand Splendid

Función de gala para los libros


Una tarde de verano en Buenos Aires con 35 grados a la sombra puede ser una excelente excusa para pasarse unas horas en esta librería, la segunda más bella del mundo según el diario británico The Guardian.


En la Avenida Santa Fe, a pasos de Callao, la enorme puerta del que ha sido el lujoso teatro y luego cine Grand Splendid, nos recibe con sus pilas de libros ordenados en los anaqueles coquetamente instalados en lo que fuera el foyer, la platea y los palcos del teatro. Agota perderse en ese laberinto y mucho más tratar de ir con la idea de buscar un libro en especial. Recomiendo vagar por los pasillos y dejarse "encontrar" por un libro para mirar, para ojear/hojear, para leer... Nadie allí prohibe tocar los volúmenes ni llevárselos para disfrutar en alguno de los tantos cómodos sillones repartidos en los varios pisos.
Pero lo mágico es instalarse en la confitería diseñada en al antiguo escenario. La vista desde allí es muy impresionante, todas esas luces, todo ese movimiento...Permanecen intactas las bambalinas y las parrillas en el techo y allí uno puede comprender lo que deben sentir los artistas cuando se abre el telón. Es difícil concentrarse en el libro elegido porque alrededor se oyen los distintos idiomas de esta torre de Babel, cientos de turistas que vienen de lejos a conocer esta maravilla.
Tantas veces había entrado a "comprar" pero esta vez, en la que estaba sin apuro y con ojos nuevos de viajera, comprendí que es un lugar hermoso y generoso de nuestra querida Buenos Aires.



sábado, 14 de enero de 2012

Lo que te da terror, Gabo Ferro

A Manu

Canción de cuna para una madre

Hay canciones que son regalos. Huelen mejor que una flor y brillan más que la joya más fina cuando se abren, poderosas, en la mano de quien nos las hace escuchar por primera vez. Van derecho al corazón y nos hacen llorar.
Esta hermosa canción habla de conjurar los miedos y como me la regaló mi hijo, me arrullo con ella y me dejo mecer en su abrazo.



Lo que te da terror te define mejor,
no te asustés, no sirve, no te escapés, volvé
volvé, tocá, miralo dulcemente esta vez,
que hay tanto de él en vos, pero hay más de vos en él.

¿Dónde queda lo que creés? ¿Dónde queda lo que ves?

¿Dónde se irá, si se va? ¿Dónde se fue? ¿O será que ya no está?
Si hay Dios, si hay amor, si hay vida después,
si hay mundo, si hay hoy, hay mañana, hay tal vez
si hay ayer, si hay recuerdos, si hay de haber o ay de doler.

Lo que te da terror te define mejor (...)

Cómo, cuándo, dónde, quién fue, para quién será,

quién ha sido y por qué el frío
la pasión, la vejez, el amo, el esclavo
y el dolor de reconocerse
atado, golpeado, libre, liberado, culpable, culpado
al frente, al costado de quien no se larga
por miedo a quedarse solo, abandonado.

Lo que te da terror te define mejor (...)



Hay miedos que espantan que van a volver,

hay otros que están pero van a ceder,
hay riqueza, hay pobreza, hay hambre y tanto
que un verso no alcanza para decir cuánto.
Si vuelve, si va, si queda o si está,

si recuerda a veces o si va a recordar,
si vive con alguien, si ha muerto con alguien,
si está...
si está.

Lo que te da terror te define mejor (...)





miércoles, 11 de enero de 2012

La cueva de los sueños olvidados, Werner Herzog

Un viaje a la prehistoria en 3D

La cueva de los sueños olvidados, estrenada en Argentina solamente en 10 salas, podría ser un documental de divulgación científica, si no fuera por el pequeño detalle de que está dirigido por Werner Herzog, el gran explorador del cine alemán.
Es Herzog quien con sus jóvenes 70 años nos guía con su voz en off, en un inglés marcado por el acento germánico, en este viaje  a la prehistoria. El director obtuvo el raro privilegio de ser la única cámara cinematográfica que el gobierno francés autorizó a filmar en las Cuevas de Chauvet, descubiertas por un grupo de científicos en 1994 y que contienen pinturas rupestres, en un impecable estado de conservación. Es como si ayer y no entre 30.000 y 40.000 años atrás, con unas simples carbonillas, esos verdaderos artistas hubieran dibujado con trazos certeros sobre los rugosos muros. El derrumbe de unas piedras sellaron herméticamente la cueva y permitieron ese perfecto estado de conservación hasta nuestros días.



Con un equipo de 4 técnicos, una cámara 3 D y algunas lámparas de luz fría, Herzog tuvo el permiso de entrar junto a los científicos que una vez por año, durante menos de una semana, sacan muestras para continuar con los prodigiosos estudios de cada disciplina. Parecen expedicionarios de un viaje a la Luna, por la solemnidad con que se abre esa verdadera cápsula del tiempo. Aunque parezca mentira, son más los hombres que pisaron la luna que los que hasta ahora entraron a la Cueva de Chauvet, extremadamente protegida para evitar que el turismo indiscriminado destruya su frágil equilibrio (como lamentablemente ha pasado con las cuevas de Altamira y Lascaux).
La cámara-ojo de Herzog y su voz nos conducen por la oscuridad sorprendiéndonos con la belleza que aparece en las paredes: caballos, búfalos, leones, tallados y dibujados sobre la roca; estalactitas y estalagmitas formadas en miles de años por gotas insistentes. En estos momentos, la utilización de la experiencia 3D es un verdadero hallazgo. En mi caso es la primera vez que me olvido de los molestos anteojos y me dejo seducir por la ilusión de volumen, hasta me encontré a mí misma moviendo la cabeza como cuando trato de mirar los distintos lados de una escultura...



Pero no sólo las imágenes sino las jugosas entrevistas que Herzog realiza a los científicos hacen que este documental no sea como cualquier otro. Detrás de cada profesional, el cineasta logra rescatar al hombre y al artista, es así como encuentra a un joven arqueólogo que años atrás había sido malabarista en un circo, y que confiesa que la primera vez que entró a la cueva, tuvo aterradoras pesadillas con leones pintados y vivos durante muchos días; otro científico, que fue perfumista en el pasado,  se jacta de su olfato infalible para descubrir una cueva en la montaña. Pero sin dudas, el que parece un personaje extraído de alguna de las ficciones del maestro alemán es el excéntrico antropólogo vestido con un traje de piel de antílope, confeccionado con sus manos para emular las vestimentas que seguramente habrán usado los humanos para vivir entre los glaciares. Muestra a la cámara una diminuta flauta encontrada en la cueva, hecha con un hueso de buitre y toca con ironía el himno de la bandera de las barras y las estrellas para demostrar que en el paleolítico ya se usaba la escala pentatónica.
Las preguntas de Herzog son viscerales: ¿Con qué soñaban estos hombres de la era del hielo?, ¿Por qué tallaban figurillas en marfil o dibujaban en la roca?
La respuesta final que le da uno de los científicos es contundente: esos hombres querían dejar huellas para la posteridad. Hace más de 30.000 años hacían lo mismo que hoy Herzog hace con su cámara 3D de última tecnología: salvar la belleza del mundo para los hombres que vendrán.



domingo, 8 de enero de 2012

María Elena Walsh (1 de febrero de1930-10 de enero de 2011)

 La guardiana del reino del revés

Ella entró a mi vida cuando, en primer grado, la maestra de música nos enseñó "Manuelita la tortuga". Volví a mi casa y la canté de cabo a rabo y mi mamá lloró y me abrazó. Dentro de mi corazón se abrió una puerta a la poesía, yo sé que fue ese el momento, lo puedo jurar.
Desde entonces, los libros y las canciones de María Elena alumbraron mi infancia. Recuerdo cuando los Reyes Magos dejaron sobre mis zapatos "Dailan Kifki", mi primera "novela larga", dedicada especialmente para mí en la portada por la autora. Durante el tiempo que me duró la inocencia contemplé con veneración la firma preguntándome cómo habrían hecho estos reyes lejanos para conseguir el preciado trofeo. Más tarde comprendí con ternura que mi madre había hecho una larga cola en la Librería Ramos y ahora que soy grande comprendo cuánto me conocía.


 Recomiendo la lectura de la hermosa biografía "Como la cigarra" de Sergio Pujol, recientemente reeditada por Emecé. Comparto un fragmento del último capítulo, "Borrador de testamento":
"Desde 2005, cuando con Sara hicieron el último viaje a Europa, una osteoporosis galopante la venía atormentando día tras día. "La dicha reside en que uno se va desprendiendo de ciertas responsabilidades, de ciertas presiones, de ciertas angustias", le explicaba a Patricio Lennard en 2008 en una entrevista para Página/12. "Y el infortunio es la semiinmovilidad, en mi caso, que es lo que me tiene más loca, y también el dolor. El dolor físico es terrible" (...)
Y cerraba con la siguiente reflexión: "Creo que lo póstumo, si uno lo piensa en función de su propia posteridad, es una especie de chiste. Pero en otro sentido pienso que es una palabra simpática, porque hay mucha obra póstuma por la que hemos conocido a grandes autores o artistas. No sé... Quizás es una palabra que a esta altura debería estudiar un poco."
Nunca sabremos si María Elena Walsh tuvo el tiempo suficiente para estudiar los alcances de la palabra póstumo. La muerte la encontró el 10 de enero de 2011, en una cama del Sanatorio de La Trinidad de la Ciudad de Buenos Aires, a donde había ido a parar a causa de una descompensación. (...) La velaron en el edificio de Sadaic (...) Por el edificio de la sociedad autoral pasaron a despedirla cientos de personas, acaso en representación de los millones que la habían escuchado y leído en la infancia, y después también. Desde la maestra anónima hasta la Presidenta de la Nación, todos y todas estaban en deuda con María Elena. (...)
Pocos creadores argentinos gozaron de una aprobación tan extendida en el tiempo. (...) Pocos, si acaso alguno, lograron entrar al canon de la cultura argentina tan velozmente, con una contundencia popular sólo comparable al carácter transgresivo de la obra en cuestión. (...) Fue así que, desde su irrupción en la poesía a fines de los 40, María Elena mantuvo un alto nivel de protagonismo en la vida cultural argentina a lo largo de prácticamente cinco décadas."


A un año de su muerte quiero recordarla más viva que nunca en la reedición de todos sus libros y sus discos que han sido y seguirán siendo la puerta de entrada a la imaginación y a la poesía.

sábado, 7 de enero de 2012

No hay nada más difícil que vivir sin ti

 La banda sonora de la soledad

 Para Noe, Eri y Dani... 
ellos saben porqué...


En gustos musicales me considero muy abierta pero debo confesar que hay una franja de la música melódica latina que siempre me ha provocado una extraña mezcla de bochorno, rechazo o indiferencia. Sin embargo, hoy me voy a dedicar a dos canciones, las famosísimas "Si no te hubieras ido" de Marco Antonio Solís y "Paisaje" de Franco Simone.
 

He llegado a estas canciones a través de dos obras de arte que se han apropiado de ellas y las han re-significado. La joven dramaturga Romina Paula tuvo el acierto de incluir la primera de ellas en su obra "El tiempo todo entero" (2010), una libérrima y bellísima adaptación de "El zoo de cristal" de Tenesse Williams. La protagonista, (encarnada por la perturbadora Pilar Gamboa), la escucha en su minicomponente y la canta, además cuenta la leyenda de su autor, quien supuestamente la escribió desde la cárcel, después de matar a su amada. Salí del teatro con esa canción pegajosa en la cabeza y en las conversaciones en voz alta con amigas en el taxi, preguntándonos si sería verdad la tragedia pasional del cantautor mexicano, pregunta que respondió afirmativamente el entrometido taxista. Y cuando llegamos al Luna Park para tomar el blanquito que nos devuelve al sur, nos topamos con un cartel enorme anunciando las presentaciones de Marco Antonio Solís, omnipresente como el dios pagano del melodrama. Lamentablemente, no encontramos la confirmación del trágico origen de esta letra en Internet,  pero sí, miles de páginas de fans que adoran a este ídolo kitsch. A partir de ese día, cuando esa canción me sorprende en la radio siempre me asalta, desprevenida, la emoción.


La otra canción, tan escuchada en la versión de Gilda, aparece como banda sonora de la la última película de Marcos Carnevale, "Viudas" (2011). La voz de Vicentico va tejiendo la melancolía de esas dos mujeres rotas (Graciela Borges y Valeria Bertucelli) que se encuentran en el hueco que dejó el hombre amado.



Son dos canciones que dialogan ausencias, que se regodean en el dolor, que acompañaron y seguirán acompañando la melancolía de tantos corazones rotos. Son dos canciones que nos pertenecen a todos.



viernes, 6 de enero de 2012

Hadewijch o Entre la fe y la pasión (Francia 2009), de Bruno Dumont


Alan Pauls y su Primer Plano por I. Sat…

Miércoles de la última semana de diciembre. Son las 22 horas y ya  estoy lista, “arrellanada en mi sillón favorito”, con el control remoto en la mano. Mi pulgar aprieta veloz la flecha que va dejando atrás infinitas posibilidades de aburrimiento.  Otra vez, nada para ver, me digo. No hay esperanza, nada estimulante, hasta que, de pronto, me encuentro con él. Él, cada vez más canoso y más interesante, él que no me mira, porque no mira a la cámara, pero desde su silloncito "snob-sensual" en el medio de la ciudad me seduce con la promesa de una rara película francesa, y yo le creo, porque desde que leí “El pasado” me he dejado seducir por este dandy de la cultura.

Ya las primeras imágenes de “Hadewijch” me atrapan: una chica atraviesa un bosque, ensimismada. Imposible no comparar con “Rosetta” y recordar la persecutoria cámara de los hermanos Dardenne. Y es que Céline, como Rosetta, son muy intensas. Tanta intensidad asusta. Céline es una novicia y está enamorada, de Dios. La madre superiora asustada la devuelve al mundo y el mundo es París, una casona demasiado grande, unos padres demasiado importantes y ausentes. Céline con todo ese insensato amor que desborda por sus poros conoce a un joven musulmán. Ella es apabullantemente abierta e inocente, ella es virgen.  Ella se deja llevar por las calles parisinas, en moto, por supuesto, pero que quede claro: Céline no puede amar a ningún hombre porque ama a Dios. El joven la entiende y la lleva al encuentro de su hermano, un apasionado religioso musulmán fundamentalista. Como Céline, la religión para él es todo o nada.
Termina la película y sigue en mi cabeza. Recurro a la red de redes, me dejo perder en sus recovecos y descubro una clave que no me diste, Alan, la descubrí solita… ¿Sabés quién fue Hadewijch de Amberes? Una mística y poeta apasionada del siglo XIII, que con otras monjas flamencas formaron el perseguido grupo de las beguinas. Supe también que recientemente se han editado las poesías de Hadewijch, la que se valió del código de la poesía del amor cortés para hablar de la herida y desborde de amor.  


Bruno Dumont, ayudado por el trabajo sensible de la joven actriz Julie Sokolowski,  logra materializar la fragilidad y contundencia de este desborde de pasión y acercarnos al abismo del sentimiento místico. Para algunos , puro delirio; para otros, fanatismo; para mí, en esta película,  es la expresión del deseo de lo absoluto en estado puro.

miércoles, 4 de enero de 2012

Alimento para el alma

No sólo de pan vive el hombre... 


Federico leyó estas palabras en septiembre de 1931 en la ocasión de la inauguración de la biblioteca de su pequeño pueblo, Fuentevaqueros en Granada.

Comparto totalmente su sentimiento, quizás por eso siga amando dar clase, quizás por eso inicié este blog.




"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.


Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada. 


No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.


Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros? 


¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoievsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.”